jueves, 24 de septiembre de 2015

El beso, la limpieza y la gripe






Sin duda alguna que fue en septiembre cuando el poeta Pedro Salinas besó a su amada y escribió unos versos que han pasado a la historia; para regusto de tod@s, los transcribo: “Y dura este beso más/ que el silencio, que la luz./ Porque ya no es una carne/ ni una boca lo que beso,/ que se escapa, que me huye./ No/. Te estoy besando más lejos.

         Y es que este mes de vendimia es el tiempo en que los amantes furtivos se besan sin esparadrapos sociales que desvirtúen el encuentro.

         Pues bien, las autoridades sanitarias están ya planteándose prohibir el contacto por excelencia por aquello del rollo de la posible gripe que dicen, los expertos, se incuba por estas fechas y emerge por el día de los difuntos y siguientes.

         Por lo que pueda pasar con la puerca gripe que dicen los expertos sanitarios, la clase política y las multinacionales que va a azotar al mundo entero, todo ello sin nombrar la malaria y hambruna o la viruela y la tuberculosis que se llevan en un santiamén a millones de seres que no parecen importar a nadie, yo, por lo que pueda pasar, enseñé, hace ya años, a mis nietas Carmen y Elena a saludar al estilo oriental, o sea, haciendo reverencias y quedaban, especialmente la menor, monísimas.

         Por la mañana las esperaba en la sagrada terraza con la bollería  y los batidos preparados; las pobrecitas se olvidaban de las reverencias de la noche anterior y acudían prestas a besar al abuelo. Hago un stop, se quedan clavadas en el acto e iniciamos el rito del samurai; con anterioridad se han lavado las manos una y otra vez con jabón de gelatina, venimos a gastar más de cincuentas servilletas de papel y a continuación seguimos con el lavado digital y fregamos las comisuras de los labios tras un cepillado de dientes de más de cinco minutos de duración.

         Las moscas de septiembre acuden como moscas, perdonen la redundancia, a toda la ceremonia de la limpieza y ahí me pierdo, pues las cojoneras descansan en los bollos, hacen piruetas entre las servilletas y algunas se dan un baño en los batidos.

         Y qué hacer, me pregunto. Insecticidas no debo difuminar, cogerlas al vuelo (buen deporte infantil de antaño) supondría lavarme las manos una y otra vez, ya que poseo una gran habilidad cazando el mosquerío.

         Una mañana me di por vencido, bajé a comprar una canallesca y a la vuelta contemplé a Elena, la menor, disfrutando mientras extraía de su preciosa nariz una especie de gusanillo.

         Me regocijé en la visión; y eso que no llegó a comérselo.

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