viernes, 4 de septiembre de 2015

Aquella irrepetible noche de amor




Destinado como Maestro Asesor en la cabila de Beni-Bu-Ifrur, pasaba la mayor parte del tiempo, exceptuando el dedicado a la enseñanza, a recorrer las minas de Uixan y Setolázar y jugar alguna partida de cartas con compañeros de estudios destinados en aquellos parajes del Protectorado de España en Maruecos.

         La casa-escuela se encontraba situada en Afra, una pequeña diseminación de chabolas en las que, en precarias condiciones, vivían grupos de ciudadanos marroquíes; entre Nador y Segangan, la CTM, compañía de viejos autobuses, hacía una parada, y en ella bajaba para  recorrer cerca de cinco kilómetros; para ello me introducía en una especie de vereda, salpicada de chumberas y pequeñas chabolas, que conducía hasta las dos unidades escolares, con sus correspondientes casas para maestros, que se convertían en el único foco de cultura occidental del triángulo formado entre Tahuima, Uixan y Setolazar.

         Ya por la noche, un antiguo quinqué alumbraba algo el libro de matemáticas en el que el capítulo dedicado a variaciones, permutaciones y combinaciones se había convertido en mi viacrucis particular; mi única tarea, durante ese intento de matar el tiempo a falta de amistades con las que hablar, era intentar aprobar oposiciones al Cuerpo de Maestros Nacionales.

         Escuché unos tímidos golpes en la puerta de acceso a casa, y con el quinqué en la mano abrí la misma; con el rostro tapado por un pequeño velo, se encontraba Fatma, hija de Buarfa, el hombre de confianza del comandante Bedoya; ambos habían participado en la guerra civil española en el bando nacional.

         Los ojos de ella eran negros como el azabache y su cuerpo desprendía un aroma a janna y olor a mujer. Se despojó del velo, y el quinqué encendió la apagada luz de su rostro; era salvajemente bella y estaba dulcemente asustada. Sonrió o, al menos, intentó hacerlo. Dejó que se deslizaran sus ropajes y mostró toda su hermosura escondida a los ojos de los demás.

Apagué la mecha y me abrazó con la dulzura de la gacela, mientras me acariciaba la cara; no sabía besar, pero aprendió en un instante. No son necesarios programar cursos de amor para la práctica del mismo; ambos cuerpos se fundieron en uno, y un mismo jadeo y suspiro inundó la oscuridad del recinto; nos amamos hasta quedar exhaustos.

         No había existido palabra alguna de por medio, pues ninguno de los dos hablábamos el idioma del otro. Se puso sus ropajes, escondió su rostro en el velo, abrió la puerta, me miró y sus ojos se quedaron durante toda la noche conmigo, mientras me decían algo que no supe descifrar.

         Todo un sueño.


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