domingo, 2 de agosto de 2015

Mi particular eucaristía



Serían las siete de la tarde cuando me encaminé a la gran duna roja, aquella en la que prometí amar y amarme.

         La distancia era la apropiada para mi edad, una media hora de marcha cansina; por equipaje una pequeña bolsa con unos maravillosos y dorados melocotones, un libro de León Felipe -el poeta del grito y el viento- y un par de servilletas.

         Era fiesta anticipada de eucaristía sacramental, o sea, ayer sábado; ya no siento respeto o miedo por el Dios de los ejércitos, de los vencedores y los que blasonan de él, de manera que me dije -siempre me digo cosas-: ¿por qué no vives tu propia eucaristía?

         Dicho y hecho; desde la cima de la gran duna miré a levante, allí de donde procede el salpicadero de amigos de la “ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia”, después lo hice a poniente, o sea, hacia el lugar donde el astro rey juega a esconderse cuando la luna blanca comienza a perder su esterilidad blanca, y día a día o noche a noche la Naturaleza nos regala ese milagro que, a veces, pasa desapercibido y que conocemos por ocaso.

         Di gracias al misterioso silencio de una mar en calma que se recreaba en tonalidades verdes y azules como diosa que todo lo acoge y lo devuelve a la ribera cuando se alarga en una pleamar que cubre las basuras que deposita el hombre.

         El canto del negro grillo me hizo mirar hacia atrás y lo vi entre florecillas de agua que daban un tono delicado y multicolor a la seca marisma que se extiende ante el río Piedras; adoré con mi pensamiento su sequedad que en no más de tres horas sería cubierta, gracias a los esteros, por la salada agua invasora.

         Con la blanca servilleta dejé como una patena la dorada piel que cubría al melocotón e introduje su corazón en mi boca, y di gracias por saber que para gozar del equilibrio siempre deseado son necesarias humildad e imaginación.

         Me postré ante el espectáculo que se presentaba ante mí, y recordé a todos los seres que viven sabiéndolo, también a todos aquellos que quedaron en el camino, muy especialmente a mi madre.

         Mire al frente, la mar, después a la izquierda, la flecha del Rompido, a la derecha el ocaso que comenzaba y a mi espalda la inmensidad de retamas de la marisma, y besé mi mano tras hacer esa señal de la cruz.

         Regresé mientras oía un repique de campanas que llamaba a los fieles a vivir otra eucaristía.

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