miércoles, 12 de agosto de 2015

En Tiflis fue el fútbol



Algunos y algunas de ustedes, queridos enemigos y amigos, saben que un servidor es “palangana”, léase sevillista a mucha honra y hasta la muerte, lo que no quiere decir que sea sevillano porque un servidor es del útero de mi madre, la señora Antonia.

         Ayer viví un día extraño, pues aquejado de impétigo o tal vez de foliculitis estaba de una “leche” insoportable para los que me rodeaban y de unos picores por ahí, esa zona íntima que no describo por pudor, que me hicieron ir a urgencia médica para ver la forma de conseguir un alivio, y decía extraño porque por la noche me esperaba la final de la supercopa de Europa entre los míos y los de Virginia, y ese extraño equipo formado por diez terrícolas y un extraterrestre llamado Messi, al que conocen por Barça.

         Así que llegadas las veinte horas y atiborrado de antibióticos al tiempo que se enfriaba en el frigorífico una botella de champán extremeña  me dispuse a sufrir o disfrutar de un partido de fútbol, no sin antes encomendarme a Dios y sus satélites -nada más que rezo cuando juega el Sevilla-.

         Y “toma del frasco carrasco” que a los tres minutos el Sevilla, a través de Banegas, coló el primer gol al tiempo que un estruendo de sevillistas lo gritaban en el lugar donde el viento silba nácar y hubo un revoloteo de pájaros buscando mejor sitio para dormir; a continuación el “jodido” extraterrestre desenfundó la magia y colocó la pelota en el lugar donde las arañas tejen sus telas y, naturalmente, mi gozo en un pozo, mientras las burbujas seguían enfriándose.

         Al comenzar el segundo tiempo un jugador culé nos hizo la cuarta diana; íbamos perdiendo 4-1 mientras los ciudadanos de Tiflis, allá ellos, aplaudían a los catalinos; de repente, y como un milagro, comenzó a corearse desde los aledaños de la Gran Plaza de Sevilla esa frase que consta en el himno del Centenario que compuso “el arrebato” y que es la siguiente: “dicen que nunca se rinde”.

         Y gol y gol y gol y empatamos a cuatro goles y pudimos ganar y yo me pude morir, pero Dios no lo permitió para que fuese testigo de una prórroga en la que un tal Pedro, el que tiene las llaves del reino, introdujo el esférico en la puerta de Beto el portugués.

         Y quedé mudo, mientras una lágrima saltona recorrió una de mis arrugas, y una sonrisa me cubrió cuando, a pesar de los antibióticos, escancié el rico champán extremeño en tres copas, una para la Pastora, otra para Virginia y la última para el menda, y cayo enterita la botella.

         Y me fui a la cama a intentar dormir, digo intentar porque unos chavales cantaban delante de la bandera del Sevilla que había colgado en mi sagrada terraza eso de “sevillista seré ante la muerte”; me asomé a la terraza, canté con ellos y fui feliz en la derrota del vencido.

         En Tiflis fue el fútbol, y en el Gran Vía la amistad, porque desde ese humilde café-bar recibí más de diez mensajes de ánimo; no estoy solo, aunque algunos desalmados lo crean.


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