domingo, 16 de agosto de 2015

El verano del impétigo



Dedicado a Lola Portero a la que
prometí escribir sobre el tema
para bien de la Humanidad.
J.G.P
            º           1w
         Estaría por jurar que el impétigo lo importé desde esa “ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia”, el día que observé como cinco grandes picotazos en la parte derecha de mi vientre y que picaban de lo lindo; bajé al Gran Vía para no perder la sana costumbre de tomar un par de güisquis para evitar infecciones internas, lo digo por el alcohol.

         Estaba conversando con mi buen amigo y paisano Pepe “el pollo”, buen bebedor y mejor conversador de hechos de Melilla, nuestra tierra de nacimiento, cuando le comenté y mostré, sin pudor alguno, las cinco manchas rosáceas que adornaban la parte de mi cuerpo anteriormente descrita. Antonio, el propietario de la “parroquia” escanció amoníaco en una platito, mojé una servilleta y, con suavidad extrema, humedecí las manchitas de marras y el picor desapareció, aunque a la media hora estaba presente en mi cuerpo que, por cierto, no es lo mismo que estar de cuerpo presente.

         Así que con mi “ramo de rosas” llegué al lugar donde el viento silba nácar y cual sería mi sorpresa cuando, como saltarín polen de violetas, esa parte de mi cuerpo y la que se encuentra un poquitín más abajo se convirtió en un bello campo de rositas que picaban más que esa putadilla que hace cerca de un año me hicieron algunas autoridades de las letras andaluzas.

         No pudiendo soportar más, y miren ustedes que el santo Job, el paciente por excelencia, al lado mío es un mordedor de mucho cuidado, me fui en busca de un galeno que resultó ser una bella mujer que me dejó mudo de admiración y recato, pues cómo yo, tímido al por mayor, iba a enseñarle esas zonas citadas.

         Pero ella, brava como nadie, me dijo: “bájese los pantalones”; hecho que intenté realizar, pero la cremallera de la portañica se encasquilló y ella, oh primor, me ayudó a realizar la hazaña.

         ¡Impétigooooo! Exclamó, y rápidamente, además de unas pastillitas para el picazón, me recetó el antibiótico de nombre augementine de 500 mg., y susurró: tres comprimidos diarios durante cuatro días; nos encontramos, abstemio total, en el quinto día, y mi querida zona erógena ya se puede ver sin problema añadido, aunque ahora en los brazos han brotado cuatro pequeñísimas amapolas que me hacen pensar que no voy a catar, durante este maldito verano, ni una gota de “agua de fuego”.

         Lo curioso es que ese mal con tan extraño nombre se da mayoritariamente en niños de uno a dos años, lo que me hace pensar no en que soy un chavalín, aunque sí, según dijo de mi un crítico de la editorial Renacimiento, o también puede ser porque perdí el bazo, el filtrador de infecciones bacterianas.

         En fin, que esto que sé a nadie importa, lo escribo para recabar ayuda de alguien que sepa del “impétigo” y ver si sigo con los antibióticos o me zambullo en el sagrado güisqui que todo lo cura.

         Me cachis, que problemón.


        

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