viernes, 7 de agosto de 2015

El Papa Francisco I



Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre” es una de las frases que el sacerdote dice tras la aceptación mutua del hombre y la mujer para formalizar su enlace religioso de por vida.

         El matrimonio es un los siete Sacramentos de la Iglesia Católica, téngase en cuenta que no he escrito de Dios, si es que existe, sino de la Iglesia que por arte de magia se sacó de la manga este semanario de ritos de los que ella es única mandataria.

         Un buen sacerdote ya muerto, Ángel Rodríguez Vega, definía la palabra sacramento como “un lugar de encuentro con el amor”, y si en alguno de los citados sacramentos tiene un sitio preferente la palabra “amor” es en el del matrimonio, pues es este concepto el que lleva a ligar a dos personas sus respectivas existencias; pero después viene la vida con sus aciertos y errores, sus verdades y mentiras, a decirnos que no todo el campo era orégano y aparecen traiciones, hombres y mujeres se interponen entre ambos y malas acciones que hace que aquella promesa de unión se vaya al garete y, de esta forma, uno se va por allí y el otro contrayente por otro lado, y se separaban y muchas de aquellas parejas se divorciaban.

         El divorcio llevaba consigo la excomunión de la pareja, o sea, que eran apartados, echados fuera de la comunidad llamada Iglesia por haber incumplido la promesa dicha delante de la comunidad.

         El Papa Francisco I, del que ya empiezo a sospechar que va a pegar más de un latigazo a los católicos recalcitrantes, ha vuelto a poner las cosas en el lugar evangélico, o sea, en el del perdón y, como el que no dice nada, ha dicho o decretado de palabra que todos esos hombres y mujeres que un día se liaron la manta a la cabeza tienen su lugar, y yo diría que preferente, en la comunidad de creyentes católicos que podrían llegar a ser creyentes cristianos.

         Es de agradecer este gesto de buena y auténtica fe del jesuita Francisco porque eran numerosas las personas, creo que sin mayoría de edad real, que se encontraban estigmatizas por el ejercicio de la Iglesia Católica en este aspecto concreto.

         Y que conste que el menda lleva cincuenta y cinco años “enganchado” sacramentalmente a la “Pastora” con sus dimes y diretes, pero reinando entre nosotros la santa tolerancia porque eso de aguantarme a mí debe ser insoportable, tanto es así que ni yo mismo me aguanto.



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