sábado, 22 de agosto de 2015

Dos rosas: hija y madre

Clint Eastwood, en la película Gran Torino, realiza una extraña confesión de tres pecadillos sin aparente importancia: haber dado un beso a una mujer que no es la suya, defraudar una vez al fisco y no conocer o comprender a sus dos hijos.
         
         Los hijos únicos se diferencian del resto de otros en que siempre son el niño o la niña. Pueden pasar años, lustros o decenios, que nuestra única hija, Rosamary, siempre será la niña, a secas. Ella tiene dos hijas, pero para nosotros sus padres, por muy niñas que sean nuestras nietas, ella seguirá siendo la niña

         No sé si al igual que Clint algún día me confesaré, pero si lo hiciera, ese error de no conocer a Rosamary creo que no se encuentra en el saco de mi escombrera. 

         Desde el día, hace ahora diez años, en que dejó de ejercer como profesora de EEMM para dedicarse a ser madre y esposa o compañera, comprendí que me encontraba ante un ser extraño y excepcional. Hoy, cuando estos valores, aunque sigan siendo valorados por la actual sociedad no lo son ya tanto ante el de la autonomía económica “por lo que pueda pasar”. 

Ella, mi niña, nuestra niña, ha vivido a tope la infancia de sus hijas, ha saboreado la totalidad de esa conexión que se establece entre el pezón y el bebé, ha sabido ser madre durante las veinticuatro horas del día, ha cambiado la verde pizarra donde se explican los logaritmos por la narración de cuentos infantiles, ha comprendido que la auténtica autonomía es la de servir, reinar diría yo; y todo ello sabiendo ser esposa que prepara un puchero en condiciones o unos ricos filetes empanados y, tal vez, nunca se sabe, pueda ser el regazo donde sus ancianos padres reclinen la cabeza. 

         Es tan niña la niña que ha rodeado este viejo apartamento de pájaros de todos los colores, por aquí, por la terraza donde hoy escribo, ruego que me perdonen este íntimo “copo”, revolotean Bamboo, Kiwi, Banana, Melocotón, Lima, Almíbar, Piña, Kokoo y Uva. 

         Y junto a ella, la Rosa madre, abuela y compañera de este escribidor de hechos personales que a nadie importa, o sí, cualquiera sabe de la intimidad de los sentimientos de los otros.

         Por ello, con la benevolencia de ustedes, queridos lectores y lectoras, es mi deseo felicitar a ellas en este día, mañana, que creo se celebra el día de las Rosas. Y en ellas, a todas las madres e hijas, sin necesidad de que lleven el nombre de Rosa.

         Besos.


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