jueves, 27 de agosto de 2015

Aquella transición democrática de España





Es tema de bares y mundo mediático, estoy refiriéndome a la corrupción generalizada que ha asentado sus posaderas en España; por lo que pueda tener de prehistoria política, y por los años que arrastro, mis amigos de mostrador me preguntan en ocasiones por aquellos tiempos del cuplé y de las equivocaciones de la “casta”; les intento explicar entre gin y gin, pero al final terminamos hablando de Madrid y Barça, y van pasando los días, los años y no escribo sobre el tema. Voy, pues, a pararme un instante sobre lo que cojea de forma alarmante, creo yo, en nuestro país.

         El “tahúr del Misisipi”, Adolfo Suárez -denostado en aquella prehistoria para propios y extraños, y bendecido hoy por extraños y propios- fue el gran protagonista de la primera transición de la dictadura a la democracia, me refiero a la transición “política”; ya saben, desde dentro del régimen franquista, muerto el dictador, habilitó a España en el panorama internacional con la urdimbre de una Constitución democrática -en la actualidad  es conocida por el “candado del 78”- y la legalización de todos los partidos políticos habidos y por haber.

         El “gran comunicador y embaucador”, Felipe González, tras el intento de golpista del 23-F-1981, y su victoria arrolladora en la elecciones generales de 1982, realizó la segunda transición, me refiero a la “militar”; digamos en plan compadre que despachó, con aumento de sueldo y medallas, a todo militar que desprendiera tufo franquista; entramos en la OTAN y se constituyó un ejército sin los ruidos de sables que atosigaron las dos legislaturas del nacido en Cebreros.

         Desde 1996 hasta hace poco, se instalaron en La Moncloa “la furia, el viento y el impasible”, o sea, Aznar, Zapatero y Rajoy sin haber conseguido, ninguno de los tres, llevar a cabo la tercera transición, la “judicial”, no confundir con el juez normalete, sino con todo lo que constituye el Poder Judicial, para entendernos: la “gran” Fiscalía, el “sanedrín” Supremo, el “batiburrillo” Constitucional y toda esa amalgama de puñetas y togas que responden a la voluntad política de progresistas y conservadores, y que emana de la criticada clase política.

         La corrupción, esa plaga que nos invade, se mueve y desarrolla a su antojo y seguirá acampando entre nosotros hasta que Montesquieu no aterrice en este solar donde la justicia depende de la política; me refiero, cuando escribo solar, a España.


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