domingo, 9 de agosto de 2015

Algo sobre poesía



La sociedad actual, la de las poltronas, anda obsesionada en que todos los hombres y mujeres piensen igual y capten un código simbólico no creado por ellos, sino por los que detentan el Poder, al cual deben prestar sumisión y una especie de adoración, pero no solamente desean que el pensamiento sea idéntico, sino que además la forma de expresarlo sea también coincidente.

         Los Sumos Pontífices de la poesía española, a los que se han sumados algunos antiguos amigos míos, apuestan por una única forma de expresión y, fuera de ella afirman que tan sólo existe el caos y lo caduco; en sí, tal apuesta podría ser válida, pues, cada persona puede y debe apostar por aquello que desee, pero si consideramos que lo farisaico se entendió, y se entiende, como la idolatría de las formas y el olvido de los principios, no cae duda que tienen bien merecidos sus puestos en el Sanedrín nacional, en el andaluz ya se han encaramado aquellos amigos que citaba anteriormente.

         Más grave, si cabe, es intentar someter el sentimiento del hombre, de la mujer, del poeta, a unas pautas experienciales planas, sin latido alguno y clónicas. Ante una realidad como la actual, el poeta, si es que lo es, debe significar, por encima de todo, el hecho singular de su visión utópica y mostrar al mundo la maravilla de su sentimiento.

         Señalemos todo un concierto orquestado para hacernos creer que el triunfo de una forma de hacer poesía se basa en la obtención de premios, otorgados estos, en su gran mayoría, por las complicidad de los Jurados, el amiguismo, la oficialidad reinante o el turno establecido “de hoy ser yo, para mañana ser tú”.

         En esa orquesta que cito en el párrafo anterior se encuentra la oficial descalificación de “maniobra vergonzante provinciana” a toda voz crítica que emerja contra la poderosa maquinaria que intenta, qué locura, construir artistas.

         También “el silencio”, o sea, ignorar, cuando no despreciar, al otro, al extraño, su poesía, su creación, es un arma, creo que la más letal, sobre la poesía de los desconocidos “porquesí”, o sea porque no interesan nuevos elementos que vengan a agitar las plácidas aguas del dorado estanque por donde se deslizan los poetas oficiales del sistema, los que no perturban el orden social o el canon literario.

         Y si hay que cambiar el mundo, cómo lograrlo sin el concurso de una poesía transformadora en su fondo y la forma, en el amor y su expresión, en la igualdad y sus consecuencias, y en la revolución que la sociedad demanda.

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