lunes, 13 de julio de 2015

Siempre la roja gaviota, siempre


Anoche soñé que era luna llena; también soñé con Gérsom, mi perro de las noche amarillas, y que con él salí a dar una vuelta por la ribera. Cansados nos sentamos a la espera que el asombro extendiera su lona celeste junto a nosotros.

Observábamos como la luna se desparramaba por la mar y hasta nosotros llegó el olor salobre de la barca que la pleamar había varado por las arenas, y en el triángulo celestial Antares, Altair y Spica nos hacía guiños en su juego a esconderse.

Ante este estremecedor y siempre real espejismo, la mente, que juega su particular ruleta, se sumerge en preguntas seriadas que, sin respuesta alguna, el hombre sigue formulándose desde que intenta contemplar esta visión, tal vez alucinación, con los ojos del raciocinio.

¿Una gaviota?, quizá fuese una gaviota, seguro que sí, pues no podía ser nada más que una roja gaviota, la de siempre, la que surcó el aire a muy poca altura, pero la suficiente para formar parte de la Luna, Antares, Altair, Spica y la apacible barca.

Gérsom, mi perro pastor alemán, instintivamente se lanzó a la inmensidad de las arenas en busca, ya es seguro, de la gaviota que había venido a poseerme.

Corría veloz tras el bello símbolo de la libertad que juega a ser y no ser. El lindo Gérsom, adiestrado y encadenado con “demasiado” cariño a la voz de su amo, desoyó mis voces cariñosas y después enfadadas. No entendía de órdenes, normas y códigos, mientras cabalgaba sobre lomos libertarios desoyendo toda orientación que no fuera el rumbo marcado del aleteo de la roja gaviota que al filo de la madrugada demostró, una vez más, que todos buscamos en ansia de volar.

El trío de estrellas seguían fijas en el luminoso techo de la noche de luna llena prendido en la ley de la gravitación universal; Gérsom se había perdido -o tal vez encontrado-.

Más tarde, voces adiestradoras, rompieron el silencio hablante y Gérsom, dócilmente, volvió con su “amo”, mientras se le desdibujaba la sonrisa de la efímera libertad.

Regresamos; volví la cara y dando vida a la quietud observé que un ave, a no mucha altura de la mar y la arena, seguían buscando nuevos “Gérsom” que la quisieran seguir.

Estoy seguro que era la roja gaviota, aquella que un día posó su vuelo en mi sandalia.

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