sábado, 25 de julio de 2015

Setenta, Manuel, setenta




Setenta, Manuel, setenta años, setenta, y de ellos, más o menos, más de la mitad unidos por esa grandeza que se llama amistad y que Luis Vives definiera como “sal de la vida”, ya sabes, esa sustancia tan sencilla que da vida a la existencia.

         Bueno hombre, felicitarte y bienvenido a la senda de los septuagenarios, camino del que saldré en unos pocos de meses para pasar ya a la ancianidad oronda, o sea, ochenta, Manuel, ochenta.

         Cuando tú leas estas líneas estaré muy lejos de nuestra Málaga, ya sabes, la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia; allí donde tú y ese milagro llamado Ani, tu esposa y compañera, hemos pasado algunos días para acrecentar más nuestro mutuo conocimiento.

         Sin embargo, cuando escribo bajo este terrible terral que nos embarga es tu “cumple”, pero tu compinche me ha pedido que no te felicite para no dar a conocer la sorpresa de los tuyos y otros par de amigos, Valentín y Maribel, te brindaron ayer; no pude acudir porque estaba preparando los bártulos necesarios para escaparme por un mes.

         Ser amigos no significa que seamos en nuestra convivencia un oasis o un plácido estanque donde todo es calma y cisnes deslizándose, qué va, tú sabes bien, viejo “gruñón”, que a veces nos hemos enfadados y, recíprocamente, perdonados.

         Hemos vivido muchísimos años bajo el paraguas de la fe, del amor al extraño, de la prédica de lo que creemos es la verdad; hemos recorrido pueblos, ciudades y plazas repicando la campana en la que creímos, perdón, creemos, o sea, intentando y errando seguir las huellas del “nacido en Belén”. Tal vez nosotros, tú y yo, nos hemos salido del camino en alguna ocasión, pero también es cierto que, gracias a nosotros y a nuestra osadía, cantidad de personas sí lo han conseguido.

         Felicidades, amigo, por haber llegado a esa edad que comienza con el número 7, felicidades por tu mujer y tus ocho hijos y un número de nietos ya difícil de recordar por este provecto.

         Besos, hombre, y nuestros deseos, los de la “pastora” y los míos, para que sigamos mirándonos a los ojos de frente, sabiendo que jamás nos hemos hecho daño el uno al otro, tarea que no creas que es fácil.

         Fue y seguirá siendo todo un maravilloso milagro, amigo Manolo, Montes de apellido.


        

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