martes, 7 de julio de 2015

La felicidad a examen





Saben ustedes perfectamente que el Centro de Investigaciones Sociológica (CIS) se dedica a pulsar el estado de la ciudadanía española en diversos aspectos, a saber, su grado de satisfacción o cabreo ante la política, el empleo y desempleo, la economía, etc.; en el último CIS, junio, los españoles han sido preguntados sobre su estado de felicidad y, oh sorpresa, el 84% se considera feliz, y dentro de estos, un 51% se considera altamente feliz.

         Del todo no llego a creerme semejante felicidad cohabitando con mis ciudadanos, lo digo porque los partidos políticos en general, no voy a realizar ninguna exclusión, hablan del enfado generalizado que existe en el pueblo por aquello de los recortes, sanidad, enseñanza, troika, contratos a tiempo parcial y toda la plaga que, según dicen y me consta, asola a esta tierra en la que mi madre me trajo al mundo.

         Lo lógico sería que el presunto encuestado hubiese devuelto la pelota al encuestador y preguntarle por su sentido de felicidad, en resumen, qué es ser feliz; si a mí me lo hubiesen preguntado, teniendo en cuenta que soy un rollista profesional, nos hubiésemos enganchado en una conversación de un par de horas, copas incluidas, y habría alcanzado un grado máximo de felicidad porque lo mío, jajaja, es profundizar.

         Pero el personal, por más que algunos se cabreen de lo lindo, es más normal que todos los liantes que nos dedicamos a decir, por ejemplo, que Maduro, el del “pajarito”, junto a determinados partidos nazis y los Le Pen, han aplaudido de forma entusiasta el resultado, aparte claro es de los que entienden el resultado como un ejercicio de dignidad y democracia, entre los que creo me encuentro aunque me (nos) cueste un perraje.

         Dar una vuelta con la pareja, los más, o con los amigos, algo menos, ver la tele y poco más es lo que hace feliz a la gran mayoría de nuestros compatriotas; el personal, bien visto, se conforma con poca cosa, diría que con vivir tranquilo y llegar a final de mes sin que nadie, con ansias de profeta o redentor, aparezca de repente y cambie su mentalidad.

         Tal vez es que todo se reduzca a aquello que escribió alguien: “La vida nos enseña que no podemos ser felices sino al precio de cierta ignorancia.

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