miércoles, 22 de julio de 2015

Escritos en la quinta neurona




Este año he retrasado algo mi marcha al lugar “donde el viento silba nácar”; todo por la edad que mantengo hasta el próximo enero que, si Dios quiere y “podemos”, peinaré los 80 años, magníficos dígitos para una buena y bonita necrológica pues eso de fallecer a los 79 tacos no me gusta ni un solo pelo de los pocos que me quedan.

         Excepto tú, que no sé quién eres, todo es provecto a mi alrededor, en especial mi viejo Toledo de 22 años rodando por la ribera mediterránea hasta la atlántica; pues bien, preparar el anciano coche de gasolina me lleva un tiempo, a saber, pasar la maldita ITV y reciclar el aire acondicionado que he tenido que cambiar por mor de que el planeta Tierra no se contamine en demasía.

         Digan lo que digan los expertos en salud, como en casa en ningún sitio o lugar que esté a 350 kilómetros del Gran Vía, segunda residencia donde el constante aire acondicionado renueva todo el pestazo de aquellos y aquellas que no se duchan un par de veces al día.

         Y tengo que ir preparando todo lo mío y lo suyo repasando un día y otro las notas en las que apunto medicinas, libros, gafas, energía y cambio de mentalidad para aceptar que durante un mes, o el tiempo que desee, todo lo externo a mí cambiará totalmente: el tamaño del boquerón, las dalias que asomarán en mi despertar, la bajamar y su pleamar, la roja gaviota, el juego de aquella joven llamada Mar y mi adorado ficus en ese querer entrar y no poder hacerlo en la sagrada terraza donde la vieja butaca bambolea intimidades que tan sólo yo conozco.

         Bien, el domingo, me gusta viajar en domingo porque no hay nadie por el asfalto, viraré a poniente y tomaré posesión del humilde apartamento donde, hace años, viví los más luminosos instantes de felicidad a que un ser humano pueda estar abocado; relatarlos es imposible porque se encuentran escritos en la quinta neurona del hemisferio izquierdo de mi cerebro, algo así como el más íntimo y hermoso sagrario al que nadie, excepto el poeta, tiene acceso.

         Y pasaré el tiempo que desee ella contando las hojas del ficus, tecleando ficciones y realidades, gozando de fugacidades hechas perseidas o besos que inventaré y terminando, como todos los años, un libro muy especial que deseo rememorar.

         Si el destino no tuerce al deseo, en un abrir y cerrar de ojos, meteré la directa y que sea lo que Dios quiera y tú desees.

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