martes, 14 de julio de 2015

El día que salvé tu nombre




Esperaba tu mensaje, y con él realicé la más bella ceremonia jamás realizada. Leí tus palabras con prisas y desasosiego, como los niños cuando se copian en los exámenes. No me importaban sus letras, sílabas, palabras, oraciones o su texto.

         Mi alma crecía con el suave tacto de tocar el mismo papel que tú habías acariciado; después marché a la playa y en ella, en dulce armonía, nos reconciliamos la mar, el mensaje y yo.

         Releí tus cosas y palabras de amor, y con ellas me introduje mar adentro, pues como dice el Profeta: “El mar clama por el reintegro de las cosas.”

         Rompí dentro de la mar, en mil trozos, cada papel de tu mensaje y los sumergí en las aguas; volvían a emerger en tonos blanquiazules que me rodeaban en un abrazo imposible de definir; después lancé al espacio, con todo el ímpetu de que eran capaces mis manos, miles de saladas burbujas en cuyo interior se introducía el sol y así convergían en miles de estrellas blanquiazules, tus letras, que sin prisas la ribera las acogía.

         El sobre, escrito en rojo, fue devuelto a las arenas, pero salvé tu nombre y con mimo, con el gesto más exquisito que criatura alguna pueda imaginar, lo deposité en la mar, y dentro de la plaza del asombro que este mundo es, tu nombre, sobre fondo blanquirrojo, flotaba entre las aguas y con dulzura, con la misma que siempre te amé, lo soplé hacia levante para que fuera reintegrándose hacia el lugar donde tienen acogida todos los símbolos, hacia Sounion.

         Ya no me envíes más mensajes, pues con el primero me sobra para saltar de regocijo cada día que, al refrescar mi cuerpo, perciba que a mi alrededor brota un hálito vivificador de cada uno de los mil trozos de papelitos de aquel furtivo mensaje que un sagrado día recibí.

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