lunes, 20 de julio de 2015

Aquellos silbos de otoño




Silbaba el aire en la noche otoñal y su lamento era el lamento de todos los quejidos de las almas tristes. Nadie, excepto yo, transitaba por la calle que da a la bocana del mar.

         Silbaba el viento en la noche otoñal y su silbo parecía agrietar al propio ambiente de desolación.

         Y ahora, cuando el verano se ha instalado entre nosotros, silba en el alma que destroza mi ser, y ese silbo se inicia en un intento de escape de todas mis aflicciones que se conjugan en un ¡ay! de dolor sin medida posible.

         Noches extrañas las noches de aquel extraño otoño; transcurrían con amarga lentitud esperando la llegada del nuevo día. No existían luces en el horizonte para iluminar todo el torrente de oscuridad viviente que se presentaba ante mí.

         No existía ni el más suave soplo esperanzado que pudiese germinar felicidad; todo era rincón oscuro, cerrojo enmohecido, arista cortante, negro candado, cerrado y sin llave que impide a la libertad ser puerta batiente.

         Y ahora, cuando todo es densa calma que aplasta la vida, no espero ni tan siquiera quietud, pues una tristeza dinámica va abarcando todo mi ser.

         Y cuando el negro monstruo -disfrazado de radiante sol- intenta oprimir a la sonrisa naciente, a la libertad que emerge y al amor todo se rasga o rompe.

         La quiebra es total porque me rompe en dos; por un lado tritura la parte que desea caminar hacia el abrazo y, al mismo tiempo, fortifica la debilidad de que nada es posible.

         Sin fuerza, como “muñeco” de trapo con corazón de hombre, voy siendo comprimido hasta que cualquier día el débil corazón estalle cubriendo de rojo el trapo que lo envuelve.

         Pero no me dejo, pues algo impulsa mi existencia hacia la inquietud. No deseo estar quieto esperando el silbo que aúlle encima de mi cuerpo. No quiero desprender aromas de “muerto-vivo”.

         Deseo morir viviendo, o sea, caminando hasta ti.

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