sábado, 27 de junio de 2015

Lo que nos queda de niño





Lo que nos queda de felicidad, a medida que pasan los años, es lo que retenemos de niño, o sea, de inocencia; y es que se puede tener un montonal de años y gozar a veces de actos puros e inocentes. Y aunque no podamos poner en ejercicio la inocencia por tener los colmillos demasiado retorcidos, cualquier recuerdo del “paraíso perdido” nos colma de una dicha difícil de superar; y perdonad los más jóvenes, pero a medida que los dígitos de la existencia van creciendo, aquellos de la infancia llegan hasta el cenit de nuestra vida.

         Tal vez sea una felicidad pasiva, controlada, contemplativa, íntima y delicada, personal e intransferible, con algo de neblina que tendemos a que desaparezca; no sé explicarlo pero al intentar hacerlo me remonto siempre a la madre, a sus besos, a su mirada tras el visillo, a su vigilia en la playa reloj en mano -desde luego a partir del día de la Virgen del Carmen- y todos esos pequeños detalles que machacan constantemente lo que permanece en mí de niño.

         Aquella negra bicicleta que compartía con mi hermano Fernando jugando a cara o cruz, el baúl donde, sentado en él, me “cargaba” con los dedos pulgar en índice al Séptimo de Caballería del general Custer, la cama compartida con mi “frater” en el santuario de la pequeña casa mata, la azotea con el gallinero, los amigos con los que jugar al trompo, a las bolas, al ziriguizo, aro, escondite o a “alto,manos arriba”; todo, todo era una punta fantasía, hasta mi pequeña hermana Nati que todavía sigue siendo la “niña” o la “hermanita”.

         Hasta tenía un cierto regusto a disgusto el creer en el cielo, infierno, purgatorio o limbo; después ya apareció el razonamiento, ya saben, “nadie ha venido de allí a decir que todo es verdad” y uno, poco a poco, fue dejando la inocencia y supurando la razón.

         Y el padre, Fernando el de la Imprenta, como auténtico patriarca del núcleo familiar; después, con el paso de los años, llegaron otros patriarcas, a saber, la televisión, el móvil, los tuits o facebook y ya nada fue igual.

         Y la novia formal, tan formal era que todavía está a mi vera y la miro y me mira, y sonreímos.

         Qué tierno todo, el pan no se cortaba con cuchillo sino se partía con las manos y cuando, oh Dios, caía al suelo se recogía con mimo, con el mismo mimo que hoy pretendo decir estas chiquilladas que ya no se estilan, y se besaba: me refiero al pan.

www.josegarciaperez.es

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