jueves, 28 de mayo de 2015

Hasta la muerte




 Un alto en el camino político siempre viene bien para que el ánimo, misterioso estado del espíritu, anide un día más en mi interior para bien mío y de los que me rodean.

         Y es que ayer el fútbol me transportó a un alto grado de felicidad por la hazaña del Sevilla FC en la Varsovia de mis amores donde, tras una épica batalla futbolística, alzó su cuarta copa de la Europa League.

         A todos lo que el fútbol les importa un comino jamás comprenderán si tal hecho es lo suficientemente importante para ser llevado a una columna de opinión, a los que sí les agrada el balompié pues puede parecerle interesante sean malaguistas, béticos, madridistas o culés, pero a los que somos “palanganas” y ejercemos como tales en la ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, Málaga, seguro que me comprenderán.

         Lógicamente y por vivir en esta ciudad del Mediterráneo estoy rodeado de amigos que lo son hasta que el Sevilla juega todas las semanas y se alegran de que pueda perder, aquí incluyo a los béticos disfrazados que pululan por los más variados sitios, y que desde Girona hasta en el quinto piso del bloque de vecinos donde resido estuvieron poniendo en la noche de ayer lamparitas de aceite o mariposas para que el Sevilla perdiera en Varsovia ante el Dnipros, los nísperos según el argot andaluz.

         Pues que se chinchen los muy ladillas porque el himno del Centenario se escuchó en toda Europa y los analistas dedicados al fútbol dejaron por una noche de disertar sobre el Barça o el Real Madrid para dedicarle su espacio al Sevilla de Reyes, Vitolo, etc.

         Lo pasé fenomenal, pero dada mi personal forma de ser, cobardón aunque osado, visualicé el primer tiempo del partido en mi casa aunque recibía cantidad de mensajes para que bajase a verlo a mi segunda residencia, ya saben, el Gran Vía.

         De manera que en el descanso, tras tomar un valium 5 y echarle valor al posible cachondeo, me enfundé en una roja bandera del centenario y marché al encuentro de los amigos con un empate a dos encasquetado hacia el final del primer tiempo.

         Llegué, vi y vencí; y uno a uno, incluido mi amigo Manuel Martín, bético de verdad, me dio la mano diciéndome: “esto lo hago por ti, no por el Sevilla”.

         Y corrió el alcohol en sus distintas versiones: güisqui, ginebra, tinto, cerveza, etc., desollamos un jamón, cantamos por peteneras y sevillanas, y hasta Antonio, propietario del Gran Vía, descorchó dos botellas de Moët & Chandon preparadas y abonadas por él para celebrar la victoria.

         Todo lo anterior lo he escrito para que conste en los anales de mis-vuestros “copos” de cada día.

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