martes, 21 de abril de 2015

Antonio Miguel Carmona





         Madrid no es cualquier cosa en el conjunto de España; será en la villa del Reino donde se decida, en buena parte, el futuro de la gobernabilidad en las elecciones generales a celebrar a finales del presente año, pero será las municipales y autonómicas las que vayan despejando incógnitas futuras.

         El PSOE va a presentar como candidato a la alcaldía de Madrid al profesor de Económicas señor don Antonio Miguel Carmona, hombre afable según se desprende de sus concurrencias a toda clase de tertulias, sean de izquierdas o derechas y en todas ellas es perfectamente acogido por sus sencillas ocurrencias, su espíritu de ganador seguro y porque juega a la política sin dejar ningún “muerto” en el camino y sin practicar en demasía “el tú más”.

         A mi no me cae mal, aunque eso no tiene importancia alguna pues yo no lo voto, pero sí el madrileño de a pie que pueda ver en Carmona al amigo de Tomás Gómez y de Pedro Sánchez y contrincante, sin llegar a la enemistad de Esperanza Aguirre que, a pesar del caso Rato, es posible que sea el adversario de mayor envergadura por sentarse en el gran palacio que Gallardón, en sus tiempos de Alcalde de Madrid, preparó para los futuros alcaldes de la capital del Reino.

         Es difícil que alguien le saque un berrinche de su cara de bonachón y hombre de centro que tira un poquitín más a la izquierda que a la diestra. Se define, sin problemas de ninguna clase, como nacionalista español y es por ello que está, ahora y antes, en contra del Estatuto de Cataluña sin que se le caigan los anillos por afirmarlo una y otra vez; me atrevería a decir que es una de las bazas que más y mejor juega en su deseo de portar la vara de mando de la ciudad del chotis y del Atlético de Madrid; junto a ese punto que remacha una y otra vez, su otra gran obsesión es limpiar Madrid y ponerla como una patena donde desaparezcan la posibilidad del resbalón, el encontronazo con  un excremento perruno y el arreglo de aceras.

         Últimamente está guerreando por conseguir que el antiguo Mercado de Legazpi se convierta en el “Palacio del Español” y, por extensión, conseguir que Madrid sea la capital mundial del idioma español; por cierto que se afana muchísimo en que dice “español y no castellano”.

         Todo ello y lo que desee me parece bien, pero un servidor, humilde al máximo, se conformaría con que el español o castellano se convirtiera en el idioma de España con el máximo respeto a otras lenguas vehiculares que se dan por Cataluña, País Vasco, Baleares, Valencia y que ahora, a través de Podemos, pretenden hacerlo en el Reino de Aragón.

         Limpiemos primero la casa propia, digo yo.

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