lunes, 9 de febrero de 2015

La aparición




         Érase una vez un hombre que dicen se convirtió a la fe de Cristo, no es que el personaje en cuestión fuese ateo, sino más bien agnóstico o despreocupado.

         Su nombre era Juan y vivía en Cartajima; ya murió. Mantuve con él durante años una de las amistades más entrañables que se puedan vivir. De tarde en tarde, Cartajima se encuentra en la Serranía de Ronda, iba a verlo y procuraba que fuese en fin de semana para pasar con él parte del domingo y el sábado completo.

         Su manera de hablar era descriptiva, o sea, que yo, además de escucharlo con atención, veía y casi palpaba su narración, en este caso su proceso de conversión al Cristo muerto y resucitado. Con su cambio de mentalidad a cuesta se había retirado a gozar la vida entre pinsapos, chimeneas y una pequeña comunidad de vecinos.

         Él había sido educado en un colegio religioso y todo el ramaje, me decía, de dogmas, novenas, cielos e infiernos le habían demostrado que le impedía ver la auténtica vida del nacido en Belén; de manera, que poco a poco, fue arrojando al cubo de la basura todo aquellos que velaba el auténtico mensaje, me señalaba, de Jesús de Nazaret; y así, a modo de una lechuga, fue retirando todo lo que estorbaba la visión de aquel hombre que anunciaba un reino de amor, hasta quedarse con el cogollo de la lechuga, o sea, con Jesús; el resto, o sea, lo fue desechando hasta abrazarse tan sólo a la Palabra hecha Carne.

         Hace cuarenta y ocho horas andaba yo tomando una copa con unos amigos, ya saben, hablando de frivolidades y pasatiempos, cuando, a través del vaho que cargaba el ambiente, vi en la calle el ser, hecho mujer, más maravilloso contemplado por mí.

         No podía dar crédito a lo que veía: era mi hija, pero aparecida como diosa entre tanta frivolidad reinante y con una sonrisa que envolvía su bella carita de humanidad. No di crédito a la visión y salí a la calle; pues sí, era ella, más bonita que nunca, que me comentó había recorrido doscientos kilómetros para estar unas horas con nosotros.

         Y lloré como dicen que lloran los hombres, para adentro y porquesí. Recordé a Juan y su poder de narrar; ojalá pudiese tenerlo un servidor para poder trasladárselo a ustedes.

         La aparición fue ella, mi hija en cuerpo real que había acudido a la llamada del instinto.

         Dulce aparición sostenida en la niebla del amor.

2 comentarios:

  1. Juan habría, sin lugar a dudas, llorado contigo ante tal aparición... gracias Maestro por compartirla.
    Un beso.

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  2. Gracias a ti, Magda, por tu sensibilidad.
    Besos

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