viernes, 9 de enero de 2015

Terror y miedo




         El terror es un estallido. Se instala y pasa; produce cólera y venganza. El miedo es más soterrado pues se introduce en el inconsciente del ser humano y actúa a modo de bomba con espoleta retardada. El terror es generalizado, nunca personal. Los asesinatos ocurridos en Francia generan terror y consiguen hacer saltar la vida normal de la sociedad que aterrorizada, manifiesta su estado de ánimo.

         El miedo es personal, tiene nombre y apellidos, y se columpia en el espacio de lo íntimo, y es producto del terror; llega después de haber pasado lo terrorífico.

         No se camina igual. Se oyen unos pasos -que tal vez no han existido- y la persona se detiene, mira a izquierda, derecha y hacia atrás, y su caminar se hace más difícil.

         Uno ya sabe que el enemigo puede ser cualquiera, hasta aquel que fue considerado amigo; todo lo que antes era normal va a comenzar a verse de forma diferente. Nace la fobia, el horror a lo invisible. Lo que allí ocurrió puede acontecer aquí, porque aquí, al igual que allí, viven hombres y mujeres con capacidad de sembrar el terror.

         Es el miedo al terror, y ese estado puede producir que todos podamos convertirnos en hienas capaces de matarnos los unos a los otros; es entonces cuando la razón debe ponerse en ejercicio, la normalidad en el ejercicio loable de vivir como siempre, cuando la tolerancia entra en uso y nos tiene que hacer ver que no todos aquellos en los que pensamos son asesinos, lo sean.

         Por razones que no vienen al caso, he vivido años de miedo. Usted, me indicaban los expertos, cuando salga de su casa no haga siempre el mismo recorrido, cambie sus hábitos diarios, si lo desea puede tener licencia de arma, mire siempre debajo del coche, no se extralimite en sus escritos, etc.

         Y así, con el miedo permanente instalado en ti, no se puede vivir; hasta que un día uno, por propio convencimiento, llega a la normalidad del siempre igual.

         Es lógico que podamos aterrorizarnos ante una situación límite, pero sin vivir permanentemente en estado de miedo.

         Terminó lo de París, pero seguirán intentando que esta sociedad viva amedrentada; no deben conseguirlo porque tenemos derecho a la felicidad de poder ver un campo de amapolas.

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