miércoles, 21 de enero de 2015

Lumbalgia con facebook



Con un ataque de lumbalgia de mucho cuidado, y al compás de un vídeo de Erik Satie que me envió una buena amiga de Facebook, me sitúo, procurando suavizar mi teclado, delante del ordenador para escribir cuatro sandeces archiconocidas con las que sé no voy a cambiar el mundo, pero con la seguridad que éste no me va a cambiar a mí; no sea que me pase lo que a un grupo de poetas que creen que por salir en prensa de tirada nacional van a instaurar la revolución en el mundo a través de una solidaridad artificial en algunos, salvo de la quema a ML, y que no dudan en ningunear a algún amigo molesto en nombre de un humanismo prostituido.

         Lo más interesante de hoy, y perdonen la petulancia, es que, aunque mal, respiro y suspiro; sé que es poca cosa, pero me conformo con tan poco que soy feliz con un “me gusta” de una mujer que lo pincha de vez en cuando y que se llama Mª Pilar y consigue -qué no van a conseguir las mujeres- que no se pierdan del todo los vínculos de amistad para con un grupo que durante años vivimos y gozamos alrededor de la alegría de ser amigos.

         Mientras tanto, esto de las redes sociales es un buen invento siempre que su uso sea para descubrir personas sociales, amenas, simpáticas, comunicativas y con ganas de hacer el bien a distancia sin que por medio exista el deseo de buscar algo, sino tan sólo el hecho de vivir la comunión recíproca de ideas, pensamientos y sonrisas.

         Cuando doble la esquina de esta semana habré cumplido la nada despreciable edad de setenta y nueve años de llantos, carcajadas, sonrisas, malos y buenos ratos, fe y duda, colgar de medallas, amores y amoríos, besos de madre y padre y esposa y más, más besos, hija y nietas y hasta de mi amigo Ignacio Hernández Calviche que me besa y lo beso, lo beso y me besa, cuando nos vemos, y no vemos todos los días, y cuando nos despedimos, y nos despedimos todos los días; él y yo sabemos, porque lo hemos hablado, que el sentido del tacto, especialmente en los hombres, es el menos desarrollado de los cinco que dicen que tenemos, cosa que no creo, pues soy de los mantengo que existe un sexto sentido, ea, algún día hablaremos de él.

         Y ahora, ya para terminar este petardo de “copo”, acabo de recibir un mensaje privado, que hago público aunque se moleste, de mi amigo Antonio J. Quesada en el que manifiesta su deseo de que me restablezca pronto y, de paso, me pega un pequeño tirón de orejas. Y lleva toda la razón del mundo, si es que el mundo tiene razón, porque soy muy dejado para con él; y el detalle es que lo quiero.



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