jueves, 15 de enero de 2015

Liliane, Ingrid y Juan Carlos



Corría, quiero pensar, el año 2012 cuando un rey de nombre Juan Carlos apareció en una foto junto a un paquidermo que se había llevado por delante con algún que otro disparo; a los súbditos de su majestad no les pareció bien esta odisea de su monarca y comenzaron a criticarlo hasta tal punto que el S.M. tuvo que pedir perdón al pueblo.

         Por Bélgica, a una señorita de nombre Ingrid aquello le pareció muy mal y dijo del rey que era un hombre muy malo. Liliane, la madre de Ingrid, comentó a su hija que no debía decir semejantes palabras de Juan Carlos porque este era su padre.

         Ingrid preguntó a la madre sobre qué estaba hablando y, azorada ella, Liliane le contó una bella historia ocurrida en la Costa del Sol en el año 1965 o 1966, lugar paradisíaco donde había tenido un encuentro sexual, un flechazo de amor, con “un joven de 31 años, gentil, guapo, dulce y con ojos azules” del que se enamoró perdidamente y, como consecuencia de aquel o aquellos actos, nació Ingrid, pues ella, Liliane, ya no mantuvo ninguna relación sexual con ningún hombre hasta el nacimiento de niña.

         Eran los tiempos en que las suecas, no las belgas que yo sepa, invadían Torremolinos y otros infiernos a la busca y captura del mozo ibérico.

         La historia, que un servidor se cree de “pe a pa” por aquello de que si me hubiese encontrado con una princesa de 31 años, gentil, guapa, dulce y de ojos azules, hubiese quedado prendado y a su cobijo haciendo y recibiendo carantoñas de todo tipo, me parece de película tal vez por no ser anglosajón, y sí mediterráneo por los cuatro costados.

         Ahora, la niña Ingrid, ya mayorcita, nacida de una locura de amor, dicen los expertos, desea que su papá Juan Carlos la reconozca como hija, hecho que me parece fenomenal pues según se dice por estas latitudes: “a lo hecho, pecho”.

         El que fuese Rey se debe enfrentar a un Tribunal Supremo de Justicia y reconocer o no a Ingrid como hija de él; si así fuese, y aunque me tachen de Borbón, me sentiría orgulloso de tal monarca y gritaría, más que aquel aciago día de febrero: ¡Viva el Rey!


        

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