miércoles, 28 de enero de 2015

Francisco Javier Soria




         Exceptuando unos pocos amigos, su esposa y algunos compañeros de profesión -desde luego que no me encuentro entre los primeros-, el cabo Francisco Javier Soria, de 36 años de edad, ha muerto en Líbano en acciones de paz cuando otros estaban en guerra; descanse, pues, en paz, nunca mejor dicho.

         Así que hoy, cuando rastreaba por Internet viendo y leyendo sobre los corruptos y/o los jueces y/o los políticos y/o las posibles elecciones que se celebrarán este año y/o las mandangas de tantos y tantas, me encuentro con la muerte de este malagueño muerto muy lejos de esta “ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia” intentando ser testigo y comisionado para que la paz imperase en esos territorios donde los señores de la guerra se aniquilan entre sí.

         Al leer la noticia me he dicho que bien valdría dedicarle este “copo” a este hombre desconocido que ha muerto asesinado, me imagino que involuntariamente, por un misil o una bomba perdida en nombre de la honradez, honestidad y la paz.

         Esto de los cascos azules de la ONU sirve de mucho o de poco, según se mire, cuando la intolerancia reina en ciertos territorios. Seguiremos el día de hoy como si tal, pero en un rincón escondido de esta tierra donde vivo una mujer, su esposa, y algunos familiares llorarán la pérdida irreparable de su ser querido que, seguramente, volverá en un féretro a España, se le rendirán los honores consiguientes y será condecorado por las autoridades correspondientes.

         Qué era Francisco: ¿un hombre de guerra o un hombre de paz?, lo mejor sería preguntárselo a aquellos que lo conocían bien, porque en verdad un servidor a lo más que puede llegar es a suponer es que era un fiel servidor de España en misión internacional para construir la paz.

         John F. Kennedy, Presidente de los Estados Unidos de América, pronunció la siguiente frase: “el hombre ha de fijar un final para la guerra, pues si no la guerra fijará un final para el hombre”, y así será si no llegamos, que no llegaremos jamás, a sentirnos hermanos y humanos.

         Y se acabó. He intentado asomar en el día de hoy la cabeza por encima de la inmundicia, pero tengo la sensación de que estas líneas pasarán desapercibidas para una gran mayoría que gusta del odio y no de la paz.

         Me adelanto a los honores que mañana o pasado le harán a Francisco, un hombre que murió por España en Líbano.

Qué contradicción.

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