martes, 27 de enero de 2015

Camino de octogenario




Al igual que a todos ustedes, amig@s lectores, siempre me ha gustado la belleza, tanto es así que hasta me agrada verla reflejada en las necrológicas; es por ello que al quedarme 365 días para llegar a los 80 años, tras haber cumplido en el día de hoy la no despreciable edad de 79 tacos, he dejado por escrito que si, por un acaso, la diñara antes de llegar a ese bonito número que es 80, y si hay parné en la cartilla del jubilado, se inscriba en la mía, léase necrológica, que murió el menda a los 80 años, porque no queda muy bien lo de 79, así que me ven optimista al máximo y con ganas de que, aunque sea en el funeral por mi santa alma, quede clarísimo que siempre busqué lo orondo y frondoso de la vida.

         Y la verdad es que aunque niño de la postguerra, ya comprenderán que nací republicano por aquello de enero de 1936, y por tanto alimentado, además de por la leche materna y unos pocos de años, más de la cuenta, por patatas y huevos fritos, he llegado hasta aquí a pesar de que los expertos en medicina sigan diciendo no sé qué tonterías sobre las yemas de los huevos y el incremento del colesterol.

         Uf, Dios, setenta y nueve espacios de trescientos sesenta y cinco días, con sus horas, minutos y segundos, y sigo machaca que machaca pero sin machacar todavía a nadie dándole a las teclas una y otra vez sin más descanso que el un servidor se otorga de vez en cuando.

         He sido de todo, a saber: amante y amado, alumno y maestro, esclavo y libre, hijo y padre -además de abuelo-, soltero y casado, maestro escuela y licenciado, bueno y regular -nunca malo-, dicen que frío, pero es mentira porque soy más tierno que un flan porque lloro por nada o tal vez por mucho -ayer, por ejemplo en el Gran Vía, lloré para mis adentros, cuando unos amigos apagaron la luz de la “parroquia” y, entre velitas encendidas balancearon una tarta de cumpleaños y abrigaron mi garganta con la más bella de las bufandas-, he sido apóstol, pecador y político; soy amigo de mis amigos y de aquellos que dijeron serlo y me dejaron en la cuneta de la soledad y del desprecio sin saber todavía la causa, y lo más importante soy todavía capaz de ilusionarme con un juego, con un poema y con un beso, que es a lo más que puedo llegar sexualmente.

         No tiene gran importancia que haya vencido a un par de cánceres por ahora, sino que lo importante es que aunque no haya sido capaz de cambiar el mundo, si puedo afirmar que el mundo no me ha cambiado a mí.

         En fin, para qué cansar más, me siento feliz con el ADN que crearon en mí Fernando el de la Imprenta, mi padre, y la señora Antonia, mi madre.

         Besos y gracias.


        

2 comentarios:

  1. Ochenta, y muchos más. ¡Más besos!

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  2. Muchas felicidades y camina este año, por los senderos de la serenidad y la ilusion. Consuelo

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