sábado, 6 de diciembre de 2014

Y celebramos el 6-D-1978




Aquello era natural, me refiero a que los primeros años después de refrendar la Constitución vigente todavía los llamados parlamentarios constituyentes éramos requeridos por asociaciones, ateneos, colegios, institutos, universidades y gobiernos civiles de la época para conferencias, mesas redondas, entrevistas y ágapes en las Instituciones al canto del pelotilleo.
                      
            Pasado el tiempo, no ha mucho, fuimos ignorados, a veces calumniados y en los últimos tiempos tildados y acusados de fascistas encubiertos; vamos, que no hay un dios, divino o humano, que se acuerde de nosotros y vosotras.

            Así que me levanté esta mañana, después de que durante varios días abrí el buzón de correos para cotejar si alguna autoridad se había acordado de mí y, comprobando que ni sus respectivas puñeteras madres lo habían hecho, me puse mis mejores galas -el negro traje de padrino de la boda de mi hija Rosamary, ay Rosamary, y la medalla del Orden del Mérito Constitucional concedida por SM el Rey Juan Carlos I- y le dije a esa persona en que la sonrisa siempre está presente, me refiero a la “pastora”, venga, no lo piense un momento, colócate esas prendas de vestir que me encantan donde el rojo y el blanco juegan a convertirse en arco iris con el verde esperanza que te recubren el cuello y vámonos al centro histórico de esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia, para celebrar juntos y solos el día en que fuimos a votar nuestra Constitución.

            Dicho y hecho; ciertamente no pasamos desapercibidos aunque no sé si era por esa eterna sonrisa o porque la medalla flameaba rayos de democracia por los caminos que conducen al Gorki; lugar, bar y delicia donde ponen menudencias comestibles que sonrojarían el pálido color de los canapés oficiales.

            Y así, los dos solitos, sucumbimos antes unos deliciosos erizos, otros delicados y sabrosos patés de perdiz, unas riquísimas anchoas del bravo cantábrico y pequeñas alcachofas al horno abarquilladas en miel pura, todo ello, lógicamente, regado con caldo de la Rioja; para finalizar ingerimos, brindando al cielo, unas copas de Moët&Chandón porque un día es un día, y el de hoy era para celebrarlo a lo libre, oh la libertad, ya que lo oficial estaba previsto para los que no saben lo que tienen entre manos.

            Algo tocado, aunque no mucho, soplé la flauta de Diego, el feliz mendigo que, acompañado de su perro Atila, asombra por su riqueza musical, y marchamos los cuatros, incluyo a Atila, camino de la utopía, o sea: de la locura.

            La utopía es ese lugar que nunca veré, pero que intuyo pudiera ser el inicio de una tierra prometida en la que justicia y dignidad vayan juntas de la mano.

            Y este día aún no terminó, y por si las moscas -no lo quiera el mandamás- sea el último, me queda bajar al Gran Vía e invitar a mis amigos borrachines con los euros que ayer volví a ganar en una partida de póquer a mis buenos amigos que no relaciono, no sea que se mosqueen.

            Así fue y seguirá siendo hasta que uno o dos descerebrados osen joder el milagro de 1978.



        

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