lunes, 15 de diciembre de 2014

Lo que el viento se llevó




Hoy se cumplen setenta y cinco años que en Atlanta se estrenó “Lo que el viento se llevó”, y creo que vale la pena que recordemos el hecho, aunque con la dictadura franquista y sus censuras los españoles tardamos la friolera de once años en verla en nuestros cines de ambigú, de patio de butacas y gallineros, y de acomodadores que iluminaban nuestros pasos en la oscuridad que ellos penetraban.

            Fue por tanto en el año 1950 cuando los amantes del cine pudimos disfrutar de las tierras de Tara, de aquellos caballeros del Sur y los “piojosos” del norte, de la dulce Melanie (Olivia de Havilland), del bueno de Asley (Leslie Howard), del pícaro y aventurero Rhet Buttler (Clark Gable), del dueño de las tierras (Thomas Mitchell), de la esclava hermana negra (Hatie McDaniel) y de la insuperable Escarlata O’hara (Vivien Leigth).

            Unos nos hicimos confederados y otros, yanquis; vivimos el amor imposible de Escarlata hacia Leslie y de los buenos sentimientos de las mujeres de prostíbulos; sin saber, algunos por la edad, las características de nuestra incivil guerra, gozamos y tomamos partido por la guerra civil de los Estados Unidos, superada ya y rodada una y mil veces en la pantalla sin sectarismos de uno u otro bando.

            Asistimos al bravo juramento de Escarlata O’hara cuando tras comer hierba alza su brazo hacia el cielo para jurar por Dios que nunca más pasará hambre; y a la última escena en la que muerta su hija y tras la marcha de su marido Rhet, con ese mohín en su cara que nadie ha podido igualar recuerda las “tierras rojas de Tara”, a las que promete volver y deja en el aire esa indefinición de “tal vez mañana”.

            Junto a “Casablanca” y “Ciudadano Kane”, “Lo que el viento se llevó” conforma la trilogía más importante de la historia del cine, pero ésta de la que hablamos fue, es y será, además de majestuosa, un maravilloso fenómeno de masas.

            Y todo ello se debió a la escritora Margaret Mitchell, premio Pulitzer, por haber escrito tan maravillosa novela en 1936 y cuya venta barrió todos los record conocidos.

            Sé que estas letras interesan a pocos, pero es bueno que del baúl de los objetos casi olvidados extraigamos de vez en cuando aquello que un día, hace años, muchísimos años, nos dejó con la boca abierta.

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