viernes, 12 de diciembre de 2014

Entre otros



Uno de los remedios más extendidos entre escritores y periodistas de cualquier signo es el uso del “entre otros” cuando se quieren referir a un colectivo de personas; lógicamente no existe posibilidad alguna de relacionar a todos y todas los que conforman ese posible “ejército” que el escribidor desea relacionar, por lo que se ve obligado a referenciar con nombres y apellidos a los mejores para él -cuestión ésta muy subjetiva-, a los que les interesa, pues al nombrarlos queda bien ante ellos o ellas, o a sus amigos o amigas para que sepan que sigue siendo leales a ellos.

            Aquellos que no son nombrados no deben tener una pizca de enfado con el que gran manijero de la información, pues éste les despacha con el consabido, querido y muy usado “entre otros”, y ahí está el hombre o la mujer entre la bulla de los seres anónimos, aunque existen estúpidos que pueden quedar contentos al máximo y felicitar al señor que lo “ha citado” de forma tan sibilina.

            Sé que a la gran mayoría de ciudadanos les agrada pasar inadvertidos entre la gran morralla mundial, o sea, como seres anónimo que deambulan por donde les plazca sin que nadie se fije en ellos, pues ello supone una gran libertad de movimientos y conductas que le hacen ser más libres que el común general de los mortales; sin embargo, por prurito o vaya usted a saber por qué, existen otros seres que, bien por envidia pura y dura o por justicia sana, si les agradaría ver su nombre y apellidos contemplados en la apetecible relación de miembros seleccionados por el gran manijero.

            Puede que ustedes crean que esto que escribo hoy es por el abrumador silencio que me rodea en esta ciudad, Málaga, que todo lo acoge y todo lo silencia y a la que tanto debo; más aún si mi nombre es Pepe y mis apellidos García y Pérez, todo un dechado de originalidad, pero de usted para mí, y sin que nadie se entere, me siento muy orgulloso de ellos.

            Pues bien, si por una casualidad así pensaron les tocó un pleno de bingo o quiniela; no ya por estar incluido “entre otros”, sino porque el gran manijero, antiguo amigo y casi hijo -según él-, va poco a poco, pero con gran persistencia, arrebatándome lo poco que soy y arrinconándome en las telarañas del silencio en mi labor de artesano humanista solidario, eso sí, sin necesidad de lanzar las campanas al vuelo.

            Pero un servidor, erre que erre y con un par sigue que sigue y lo que colea, aunque sean pocos los años, meses o días que me falten para que, con toda seguridad, después de estirar la pata digan de un servidor lo que me falta escuchar en vida: “no fue tan malo como algunos, y una, pueden creer”.


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