martes, 18 de noviembre de 2014

Viejo corazón




Pablo Iglesias hace del desprecio a los demás una de sus armas políticas, sea hacia la “casta” o los “viejos de corazón”, cita de el editorial de El País del pasado lunes; y no le falta razón al anónimo editorialista que ese es uno de los tratos del que se pavonea el líder de “Podemos” y los que le rodean: desprecio absoluto hacia todo aquello que huela a la I Legislatura o la llamada Constitucional que abarcó los años 1977 y 1978.

            Sí es cierto que los corazones envejecen, que las arterias se endurecen, que son muchos los que dejaron de latir y que pertenecían a aquella época que él desea convertir en maldita y cómplice de la corrupción que asola a nuestro país, pero un servidor, uno de los que apretaba el botón que fue aprobando uno a uno todos los artículos de la actual Constitución desde la bancada de UCD, aunque viejo y debilitado por la edad no permite que uno de los beneficiados del “candado” (algún día escribiremos sobre ese nuevo invento demagógico del profesor universitario) se mofe e insulte a los que tuvimos la inmensa suerte, hoy convertida en pecado mortal por tal mequetrefe de la política, de haber sido protagonistas directos y responsables del cambio de la Dictadura a la Democracia, por muy deteriorada que hoy esté y que ellos, extrema izquierda camuflada, junto a la extrema derecha, que existe entre bambalinas, desean que vaya a peor para de ese drama obtener pingües beneficios.

            No sé lo que pensarán mis antiguos compañeros políticos que pertenecen, pertenecemos, a la Orden del Mérito Constitucional por nombramiento de Su Majestad El Rey, de esta amalgama de insultos con los que día tras día la mayoría de los tertulianos de La Cuatro y La Sexta somos calumniados, pero yo, aunque viejo en edad mi corazón y joven, muy joven en dignidad, no tolero que esos mercachifles del honor se ceben en aquellos que dimos, junto al pueblo español, un régimen de garantías y libertades que concede a estos tipos que juegan a la demagogia de acusar con el dedo a hombres y mujeres como responsables de los males que asolan al pueblo español.

            Sé que la libertad de expresión, la que conseguimos los del “viejo corazón”, les permite decir calumnias que, edulcoradas en la generalización, escupen cuando les viene en ganas; esa misma libertad es la que a mí me hace decir lo anterior y lo que venga, pues no me voy a quedar con los brazos cruzados y la mente en blanco mientras el tic-tac, con arritmia o sin ella, siga funcionando.

            Que ya está bien, demagogos de nuevo cuño.



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