domingo, 9 de noviembre de 2014

La papeleta del poeta


Viene el poeta desde el sepultado silencio de su trabajo con la papeleta del poema en su mano; viene del lugar donde los viñedos y las aulagas conjugan con las cenizas de la gran cultura masacrada una música de violines azules que derrama sus lamentos en el corazón de las tahonas.

            Vivido un tiempo de aislamiento, el poeta llega al asfalto sin alma de la ciudad, al tortuoso camino de los seres que deambulan su anonimato entre las sombras de los verticales cementos con una papeleta con inservible para construir otra efímera frontera.

            Pero el poeta ha llegado con el alma de la madre Naturaleza, con el tacto prensado en sus manos del tomillo y el romero, con la cósmica visión de las hogueras reales y con el borde de su poesía afilado en las entrañas de la postguerra incivil.

            El poeta es un río paseando por la ciudad, y a su paso, la ciudad, desde el Tabor de su pluma va a ser transfigurada para que las papeletas se conviertan en poemas; todo va a tomar belleza, latido e impulso. Sus versos, no sometidos a políticos y escaramuzas, van a hacer realidad que la Tierra sea el Paraíso perdido que tanto soñaron los que hicieron de ella un infierno de insolidaridad.

            Por las calles de la ciudad donde se amontonan cajas de cartón para que los ciudadanos depositen su voluntad adulterada, por esas calles el poeta, que ha fotocopiado mil veces su poema, va arrojando su poema que cae como hoja de otoño que los ciudadanos pisan y que ninguno de ellos se para a leer porque están ofuscados en un no sé qué de ser independientes.

            En cada poema que realiza su vaivén de caída libre están escritas palabras como amor, libertad y universalidad; y es que el auténtico poeta es un ser extraño, y por extraño también es sospechoso, y por sospechoso, aunque no se lo digan, es un terrorista del trasnochado sistema que intenta, y lo consigue, que los llamados líderes conviertan a las personas en ciegos y obedientes borregos.

            Y es que el poeta había escrito en su original papeleta lo siguiente: “Venid al río, largo o corto de mi vida, pero extenso como un suspiro de palmera en la noche del desierto. En él tendrán acogida los cantos gregorianos de las místicas clausuras, la supuración dolorosa de las putas, los ojos del pobre niño pobre y la putrefacta carcoma del poder.”



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