sábado, 1 de noviembre de 2014

La barbería




De aquellos tiempos, anteriores todavía a los que la jueza argentina solicita la deportación al nuevo peronismo de los franquistas Utrera Molina y Martín Villa para su enjuiciamiento por crímenes del franquismo, existía “la barbería”, no es necesario afirmar que era de hombres, pues que yo sepa “mujer barbuda” existía solamente una que era un acontecimiento en las ferias de los pueblos al igual que Manolita Chen, y que en el caso de que existiesen hoy, me refiero a las barbudas, con un depurado depilatorio quedarían exentas de tal suplicio.

            Así pues uno iba a la barbería donde el profesional de turno enjabonaba la barba del cliente al tiempo que se hablaba de fútbol, jamás de política porque estaba peor visto que en la actualidad, después el barbero abría la navaja y sobre un instrumento de cuero -cuyo nombre ignoro- iba afilando la misma, se reclinaba el sillón e iniciaba la tarea; de vez en cuando brotaba un poquitín de sangre desinfectaba la herida con una especie de lápiz o bien ponía un miaja de papel higiénico; después llegaba el Floid, ay el Floid, y un frescor inundaba nuestro rostro con un leve masaje; si de paso te pelabas, ya sabes, una máquina casi de trasquilar, la tijeras y punto.

            Todo esto viene a cuento porque hacía veinte años que un servidor no pasaba por una barbería, hoy peluquerías y muchas de unisex, porque al menda, en un santiamén, el cabello se le fue, quedando algo de él por patillas y coronilla, desde entonces sé que me llamaban “el calvo”; opté por dejarme la barba y, tras unas sesiones de psicoanálisis, me dejé una ridícula coletilla que consiguió que dejara de ser “el calvo” para convertirme en “el coleta”; una forma como otra de comprobar la estupidez de este mundo.

            Desde entonces supe lo que era la comodidad y un pequeño ahorro, pues yo mismo me ponía en condiciones algo las patillas y con unas buenas tijeras me arreglaba la barba; pero una se va dejando, la barba va creciendo y llegan los de siempre a decirte una y otra vez: “Pepe, tienes que adecentarte un poco”; así que el otro día decidí ir a una peluquería, pedí número pues las cosas han cambiado, y un buen profesional, sin tijeras, peines y cuchillas de por medio me arregló en un santiamén la barba con un artefacto moderno.

            He quedado decente, pero asombrado. Decente a pesar de ser uno de los creadores de la “casta” y asombrado por comprobar el cambio total de la vida en una barbería, perdón, peluquería.

            Pensaba, bello ejercicio, cómo cambia la vida y, sin darme cuenta, también lo hice en que “Podemos”, que va embalado hacia el poder, está limpio de pecado y corrupción porque no ha tocado alfombra.

            Eché de menos el masaje porque me gusta que me soben, y comprendí que “Podemos” “masajea y mensajea” bien al público porque todavía no ha tocado pelo. Cuando lo toque, porque lo va a tocar, ya veremos en qué queda su pureza.

            Y no me refiero sólo al perraje, sino también a las libertades.



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