domingo, 16 de noviembre de 2014

El dilema




Como no hay bastante con la que está cayendo, en esta tarde gris en todos los sentidos he visto una soberbia película de título “El dilema”, dirigida por Robert Redford, que trata sobre un hecho real de corrupción  sobre ciertos programas de televisión acaecido en los EEUU; el film, aparte de recrearme en lo que es el buen cine, ha conseguido que no diera la cabezada de rigor que hoy, para más inri, me era totalmente necesaria.

            Sé que un columnista no debe decir que hay días en que esto de escribir se convierte en un auténtico tormento; por razones que tan sólo a mí incumben no tenía previsto situarme delante de este viejo Sony para noticiar lo que todos saben: que España va mal y que puede ir peor.

            Así que recogidos mis ojos con sumo cuidado, los he vuelto hacia mi interior y, durante un buen tiempo he intentado no mirar lo exterior sino buscarme dentro de mí: uf, el resultado ha sido espantoso.

            Viejo, achacoso, las piernas y pies sin obedecer en condiciones las órdenes del cerebro, sin musculatura alguna, buscando algunos órganos de mi cuerpo que desaparecieron tras intervenciones quirúrgicas, fumando sin parar con ganas y sin ganas, abúlico, con agudos dolores que solamente pueden ser aliviados con parches de morfina que no uso (el alcohol me alivia bastante) y casi solo; (acabo de recibir un mensaje de una amiga de Fb, María Flores, que anda preocupada por mi tenue silencio o mi débil escritura, gracias te sean dadas).

            De cuello para abajo estoy inservible; hacia arriba, exceptuando una buena sordera, estoy fenomenal. Y eso es lo malo, algunos dicen que es buenísimo, que me encuentro en condiciones: las viejas neuronas funcionan a la perfección y sin ser un superdotado podría afirmar que mi inteligencia marcha normalmente. Lo recuerdo todo, no existe nada, a excepción de Dios, que haya desaparecido desde mi infancia.

            Esta anomalía de seguir pensando y memorizando, de saber lo que se acerca y se aleja no creo sea envidiable por nadie; y ello porque uno, por esa jodida forma de ser, tiende a ver casi todo de color gris plomo.

            Lo que sucedió tiene el mismo remedio que lo que va a suceder, o sea, ninguno; y ya tan sólo queda el presente, y aunque exista el famosísimo “carpe diem”, comienza ya a no servir de consuelo.

            Muy de tarde en tarde, una sonrisa brota y consigue dulcificar mi existencia.

            Ustedes perdonen el llanto, pero lo descrito es mi dilema de hoy, además de intentar buscar al Dios perdido.


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