jueves, 6 de noviembre de 2014

Alfonso Guerra




Desde que en política desaparecieron los tándem, o sea, el “bueno” y el “malo” de la película, ésta, la política perdió buena parte de su encanto.

            Los dos casos más claros de la anterior afirmación son los compuestos por “Suárez-Abril” y “Felipe-Guerra”, a partir de ellos ningún partido político ha sabido o podido mostrar esa extraña dualidad; ¿quién es el malo o mala de Pedro Sánchez y Mariano Rajoy?, o sea: quién es aquella persona que nos haría pensar que semejantes dirigentes son las aristas más aptas para gobernarnos.

            Ni siquiera con la emergencia de “Podemos” vislumbramos un dúo de esas características, porque todos sus dirigentes mediáticos juegan a mister Hyde y, por ello, aunque suban como la espuma, no todos llegan a creerse que Pablo es el bueno de la película.

            Desde que Suárez, por los insidiosos barones de UCD, se desembarazó de Fernando Abril, el apogeo del Duque de Cebreros comenzó a resentirse, y desde que Felipe apartó a Guerra el personal socialista comenzó a moverse en la foto de forma desmesurada.

            Sin embargo, estos “malos”, Abril y Guerra, fueron los auténticos fabricantes de esta Constitución tan denostada hoy en día, cuando en el restaurante “José Luis” de Madrid, en dos noches de auténtica política, consensuaron que “la del 78” solamente sería posible con el acuerdo entre UCD y PSOE, acuerdo al que se fueron sumando, unos más y otros menos el resto de formaciones políticas.

            Esa “casta” inicial, a la que me honro en pertenecer durante un corto periodo de cinco años, alumbró a España y deslumbró al mundo con una Monarquía Parlamentaria y un Estado de las Autonomía que, más tarde, el vampirismo nacionalista y algunos jóvenes que argumentan que no la votaron, lleva camino de querer ser reformada sin saber en qué consiste esa tan traída y llevada reforma o, lo que sería peor, transformarla en una nueva República y un Estado Federal asimétrico, hecho desconocido en la actualidad.

            Pues bien, Guerra, “el canijo”, abandona el Congreso de los Diputados; hora es que lo haga, pero con los matices que ustedes deseen otorgar a tan ilustre personaje, se va uno de los auténticos pilares de la democracia española.

            Y miren que durante la tramitación de la Ley Orgánica de Centros Escolares (LOECE) de UCD me zurró de lo lindo.


2 comentarios:

  1. Estimado don José María:

    Se agradece que en estos convulsos tiempos en que la crisis alcanza a la memoria, un artículo tan sencillo y claro reivindique lo mejor de la política. Es una necesidad y es de justicia. No se trata, evidentemente, de atacar lo nuevo por ser nuevo, al contrario: mostrar que si hay algo nuevo es porque antes hubo un tiempo mucho más nuevo.

    Y ahí, por fortuna, estuvo usted y otros tantos a los que reivindicar.

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