viernes, 3 de octubre de 2014

Y se nubló el día



Había preparado el día con cierto esmero; quise celebrar con ella que la fractura de su húmero izquierdo estaba superada. Así que nos encaminamos a almorzar a un lugar llamado “El despachito de Gloria”, un lugar barato que lleva Gloria, una señora simpatiquísima de Álora (Málaga) que hace agradable la estancia por esa sonrisa que jamás desaparece de su atractivo rostro que si no lo es, como si lo fuera porque a mí me lo parece.

            Dice Manuel Alcántara, con su proverbial maestría acumulada por años de vivencias, que “lo importante no es lo qué se come, sino con quién lo haces” y como yo lo iba a hacer con mi pareja pues no íbamos a tener ningún problema; así que pedimos una fritura malagueña, unas pequeñas gambas y unos frescos tintos con limón, esos que se conocen como de verano aunque estemos en otoño.

            De repente los atisbé; estaban ambos sentados frente a mí a no más de diez metros. Ellos, según lo que yo pienso, uno por comisión y otro por omisión -distintas formas de realizar lo mismo- fueron los culpables, según mi particular visión, de haber pasado los peores momentos de mi vida, momentos que, sin prisas, pienso trasladar a “Venturas y desventuras de un escritor y poeta”.

            Su visión me sentaba mal, así que me cambié de lugar para no visionarlos, pero sabían que estaban allí pues percibía su aliento en mi nuca. No podía hacer ni decir nada porque estaba ella, ella que celebraba su buen estado de salud, ella que no sabía ni sabe nada de complicidades y “puñaladas” poéticas.

            No podía comer, sabía que lo que me echara a la boca se convertiría en mi medio estómago en púas corrosivas, a pesar de ello, y por ella, lo intenté, pero no podía digerir el calamar frito o la gamba cocida. Opté por encender un cigarrillo y pedir uno de esos cócteles que Gloria combina a la perfección; me sentó bien, demasiado bien.

            Se acercaron en el mediodía radiante de sol y una sombra cubrió mi frente mientras, cuestión de un instante y siempre por ella, tendí la mano para que hicieran con ella lo que desearan; se fueron, mientras yo vomitaba lo poco que había tomado.

            No he estado enfermo, tan sólo que he bebido en un día más que en un mes; cosas de mi ADN. Bebía y bebía porque no fui yo, pero no lo fui por ella, por su sonrisa para con todos.

            Ahora ya ha pasado, vuelvo a ser yo porque lo he contado. Y es que estas cosas sin importancia para algunos son las que a mí me matan en todos los sentidos.

            Uf, me quedo en la gloria porque sé que será leído por algunos, comprendido por otros e incomprensible para muchos; pero así soy, y así sigo queriendo ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada