viernes, 3 de octubre de 2014

Venturas y desventuras de un escritor y poeta. (UCD: Constitución)



Pues sí, con esos deseos de cambiar el mundo y que éste no me cambiase a mí, tomé posesión de mi escaño en aquellas Cortes que, aunque no se formaron para ello, se convirtieron en Constituyentes.

            Aunque a algunos, incluyendo algunas, lo que voy a decir pueda sentarles mal o muy mal, confieso que en la primera sesión de aquel incipiente Congreso sentí que gran parte de la historia contemporánea contada de padres a hijos se hizo realidad cuando Dolores “La Pasionaria” entró en el hemiciclo vestida de negro con su toquilla del mismo color y yo, gustosamente, le cedí el paso; en ese instante comprendí que era testigo de la Historia.

            Lógicamente recuerdo, como si fuese ayer, toda la elaboración de la Constitución de 1978, hoy tan denostada pero que sirvió, y por eso ya valió la pena, para que las partes irreconciliables de España pudieran llegar a consensos que hoy, los que parecen más listos, desearían no hubiesen tenido efecto.

            Jamás olvidaré la noche en que el ex ministro franquista Manuel Fraga presentó en el Club Siglo XXI a Santiago Carrillo, secretario general del PCE, y que se convirtió en un símbolo, me refiero al acto en sí, de la España fraternal que deseábamos construir.

            Todos dejaron, yo no tenía nada que dejar, parte de sus “verdades” para tomar las de los otros y así, poco a poco, artículo a artículo, se fue tejiendo esa Ley de Leyes o Carta Magna a las que algunos le piden más de lo que puede dar, mientras otros se han dormido en su auténtica aplicación.

            Si mi deseo es la sinceridad, tendré que decir que, sin caer en la cuenta, parte de mis principios cristianos fueron tambaleándose, pero jamás, creo, mi deseo de seguir siendo decente y honesto.

            No me siento “Padre de la Patria”, me conformo de serlo de mi hija, pero si me alegro y siento orgulloso que, aunque fuese por carambola, mi firma se encuentre en el ejemplar original de la Constitución Española de 1978.

            Años más tarde, S.M. el Rey Juan Carlos I otorgó a todos aquellos hombres y mujeres el Título de ser Miembro de la Orden del Mérito Constitucional, pues también, para qué mentir, me siento complacido de ello.

(continuará)

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