sábado, 4 de octubre de 2014

La bicoca de las tarjetas opacas




Esto de las tarjetas opacas que dan o dieron parné porquesí es una bicoca que ha escandalizado a las almas puras aunque en realidad ignoro qué hubiesen hecho los poseedores y poseedoras de dichas almas si hubiesen tenido una de esas cartulinas en sus manos.

            Nada más que caben dos opciones, a saber: devolvérsela al jefe supremo que se las dio para gastos que van desde las compra de una lata de berberechos hasta la realización de un crucero por el Báltico o quedarse con ella, introducirla en la ranura y obtener un pingüe o gran beneficio.

            Venga, sin rollos de leche, qué hubiese hecho usted en el caso de haberse visto agraciado por un regalo de esas características; yo tengo claro lo mío, pero como es de mi propiedad no suelto prenda no sea que no me crean.

            El escándalo ha sido mayúsculo y habrá que darle la máxima enhorabuena a ese pequeño periódico digital que ha sacado a la luz lo que se encontraba en la opacidad más absoluta, al tiempo que los propietarios del chollo se beneficiaban de hermosas tripas de lomo ibérico en los establecimientos de Mercadona sin necesidad de “atracarlos como hacía el ejército de hambrientos de Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda”.

            En total se estima que los ungidos por el sistema de Caja Madrid, o como quiera que se llame hoy, han chupado unos quince millones de euros de no se sabe quién, una pizca de dinero si se compara con los grandes tejemanejes que van desde el cuñado del Rey Felipe VI a la inmensa dimensión de estafa de las “clases particulares” o cursos de formación que se han impartido -es un decir- por tierras de María Santísima.

            La escandalera ha sido de tal tronío que por vez primera han dimitido de sus cargos individuos de todas las especies de políticas, a saber y sin que sirva de precedente: de CCOO, UGT, Izquierda Unida, PSOE, PP e independientes.

            Ahora falta que devuelvan la pasta, pero eso es harina de otro costal por aquello de que “lo que se da, no se quita”, y en realidad fue una donación de lo nuestro para la compra de voluntades.

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