miércoles, 8 de octubre de 2014

Excalibur




Fue en 1960, durante el humilde viaje de bodas de la “pastora” y un servidor, cuando compramos nuestro primer perro, policía auténtico, al que “bauticé” con el nombre de Curro en honor de un alcalde fascista que hizo me pusiera de rodillas y jurar los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional; buena parte del pueblo lo sabía, el Regidor desde luego, y yo disfrutaba cuando lo llamaba por la calle Mayor al grito de: “Curro, sinvergüenza”. Años más tarde, muerto Curro “el perro”, nos hicimos de un pekinés cruzado, chato y feo al que colocamos el nombre de Yanko; eran los tiempos en que el Betis tenía en su plantilla a un jugador de nombre Yanko Dauzik, y como soy sevillista hasta la muerte, con perdón, jugué un ratillo.

            Trece años nos duró una preciosa pekinesa enana que llamamos Bolita, famosa pero aventurera pues aunque quisimos en ocasiones cruzarla con los más selectos de su raza, la muy puñetera lo hacía con el primer vagabundo que aparecía a la vuelta de la esquina; ya ciega, la tuvimos que sacrificar en una clínica veterinaria, y lloramos.

            Pero nuestro gran y último perro fue Gersom, mi perro de las noches amarillas, un pastor alemán de pura cepa que murió bajo las ruedas de un camión en una noche aciaga y al que dediqué un “copo” el día 11 de diciembre de 1997, escrito que consta en un libro de selección de columnas de nombre “El Copo” y en la que, entre otras frases decía la que sigue: “No sé decir o expresar que se ha muerto mi alma esta mañana de diciembre un poco más que ayer. Respiro menos, suspiro más y lloro algo mientras tecleo esta columna de amistad…”. Y se acabaron los perros en casa.

            Con todo lo anterior intento decir que amo a los animales, especialmente a los perros y comprendo, en parte, al marido de la auxiliar de enfermería al que el maldito Ébola ha salpicado en un descuido, cuando ha solicitado a nivel mundial que no sacrifiquen a Excalibur, su perro, que ha convivido con Teresa durante la incubación del virus.

            A él, lo entiendo algo, pero al  resto de personas que, cientos o miles o cientos de miles se oponen al sacrificio de Excalibur, perro que como todos pegará sus buenos lametones y efectuará sus defecaciones, no los llegaré jamás a comprender porque la posibilidad, solamente la posibilidad de que el animal pueda transmitir la epidemia, hace necesaria dicho sacrificio aunque lo haya decretado la ministra Mato, que no, aunque Pérez Reverte haya salido con una de sus originales ocurrencias.

            Dispuesto quedo a recibir toda clase de mensajes.


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