domingo, 19 de octubre de 2014

De versos por Bailén



No soy muy amante de poner adjetivos a los sustantivos, hasta llego a creer que restan fuerza y sentido al mismo; de tal forma que si dijese que “ella” es una “mujer estaría casi todo dicho, aunque se pueda añadir que es bella, hermosa, inteligente y con estilo.

            Exactamente igual me pasa con los poetas, pues estimo que si afirmo que Antonio Hernández es un poeta, ya está todo pronunciado; pero claro que ya hubiese terminado este “copo” medio poético y medio humano, mas no caeré en la tentación de introducirlo o asignarlo a una determinada generación de vates, menos todavía a una corriente de las muchas y variadas que se dieron, se dan o seguirán dándose por determinados y empollones críticos literarios, a saber: novísimos, nueva sentimentalidad, diferencia, social, etc., porque entonces pasaría a formar parte de un grupo, a veces, montón de poetas.

            Por escribir algo sobre él en relación con su poesía, aparte de la ristra de Premios que tiene, entre los que destaco el de la Crítica Nacional en dos ocasiones (él y Caballero Bonald son los únicos que han hecho bis), el reciente de Poesía Nacional o el “Elio Antonio de Nebrija” de las Letras Andaluzas”, por escribir algo, decía, me atrevería a afirmar que el poeta Antonio Hernández ha entendido a la perfección que la Poesía es música, además de un mundo completo de realidades, artificios, sentimientos y creación, pero vuelvo a repetir, y lo seguiré repitiendo mientras siga tecleando el tiempo que me quede, poesía es musicalidad que entra por los sentidos y se instala y desparrama sensorialmente en el alma del lector o lectora.

            Antonio tiene sus preferidos, pero él es una isla aparte, un poeta único que vive su soledad acompañada con su particular fábrica de crear milagros, porque me olvidé decir, creo, que la poesía, además de música, es también milagro.

            Aunque renqueando de este pie izquierdo que medio arrastro me voy a apoyar en él, a modo de bastón, para pasar un buen día y noche de felonías de poetas porque como escribió él un día en una breve introducción de un cuadernillo de versos que publiqué: “… El vino y la mujer, dos venenosos licores incapaces de apagar la sed de ponzoña y luz que devora al poeta. Al de verdad, naturalmente, al que apostó por el demonio. El otro, como se sabe, es el abstemio bobón que en cuanto puede se pasa al bando de los ángeles”.


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