sábado, 25 de octubre de 2014

Castañas




La visión de las hojas columpiándose en el salitre flotante de esta ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia hasta besar el asfalto es una de las imágenes más bellas del otoño, y lo es por ese balanceo entre caer o alzar con las que dichas hojas juegan ante nuestra vista, pero no es menos cierto que la belleza de la tristeza inunda nuestro ser si no somos algo más que un simple cartón de piedra.

            Cuando bajo por calle Libertad del perchel malagueño -donde bajo la hermosa palabra que da nombre a la triste callejuela se lee la pintada ¿dónde está?­- para adentrarme en el centro de la urbe atravesando el Puente de los Alemanes, diviso la blanca humareda que desprende el asador de castañas de Nieves, la gitana que cree en Dios más que todos los cofrades que miden su fe por el oro y la plata que soportan sus tronos, y me embarga un aroma rancio y familiar de las pilongas castañas que, introducidas en el viejo perol, me traen humos de infancia perdida y vivida por las aceras que rodean el Parque Hernández de Melilla.

            Queriendo la ciudad, a Málaga me refiero, ser una ciudad pionera en el saber, la telemática y los museos, incluido el Picasso, lo es más por la permanencia del cartucho repleto y caliente de castañas que Florencio, el hijo de Nieves, me entrega por unos módicos euros y calienta mis arrugadas manos que bendicen la tradición de mis mayores.

            Las volutas de humo, al pie de la llamada Tribuna de los Pobres, penetran, a modo de incienso de siglos, calle Compañía y se introducen en la capilla del Santo  Cristo donde los creyentes adoran al Santísimo al tiempo que entonan un Tantum Ergo con sabor a pura naturaleza.

            Son los milagros que se nos escapan si nuestro corazón no late al mismo ritmo de los pequeños detalles con los que nos encontramos a diario.

            www.josegarciaperez.es

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