viernes, 12 de septiembre de 2014

Venturas y desventuras de un poeta. Rosi



En cuanto la vi pasear Avenida arriba- Avenida abajo por Melilla con su pelo rizado, su carilla de pícara, su estrecha cintura y un vestido de volantes me dije: esa niña será mi novia formal, y digo formal porque informales ya tenía.

            Se llama Rosi la que hoy es mi esposa y ayer mi querida novia, pero como su apellido es Pastor mis amigos la conocen por la “pastora”, porque así la nombro cuando me refiero a ella.

            De los 78 años que llevo vividos, 61 entre novio y esposo los he pasado junto a ella con algún que otro, otro y otro problema, pero aquello que nos prometimos en la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de Melilla allá por el año 1960, de estar unidos en la felicidad y en la tristeza, lo hemos cumplido a rajatabla.

            Ni ella ni yo somos lo que fuimos. En cuestión de poco tiempo si te vi no me acuerdo, y punto y al crematorio. O bien lloraré a ella o ella a mí, pero al igual que todos y todas se cumplirá el refrán de “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”.

            Al principio del noviazgo hablábamos en demasía en aquellas noches, todas, en que practicábamos nuestro pequeño botellón sentados en los escalones de un portal de la calle Padre Lerchundi mientras nos bebíamos medio litro de jumilla con sifón y dábamos cuenta de una lata de berberechos; tras el banquete, el postre, o sea: la fiesta del beso.

            Ahora es distinto, nos miramos y, sin hablar, sabemos lo que queremos. Hemos cambiado los berberechos por otros alimentos sin llegar todavía a la sopa de ajos que, por cierto, bien cocinada está de rechupete; y el jumilla, por mi parte lo he transmutado por el güisqui o ron y ella por el tinto de verano con limón o el vermouth blanco dulce.

            Y seguimos erre que erre, quiero decir juntos pero no revueltos.

www.josegarciaperez.es 

(Continuará)



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