jueves, 18 de septiembre de 2014

Venturas y desventuras de un escritor y poeta. La buena nueva




En verdad creo soy una persona vulnerable a cualquier acción que desde el exterior venga hacia mí; digamos que presiento ser una persona frágil aunque el paso del tiempo algo me ha cambiado, creo yo. Para otros, diría que para muchos, soy un ser calculador y frío. Y ni lo uno ni lo otro; soy normal y corriente como la mayoría de personas que transitan por este desierto, poblado por tantos y tantos seres de idénticas características.

            Educado en el nacional catolicismo de la época, salí en estampida de él en cuanto terminó mi estancia en el colegio religioso donde estudié; así que viva la vida y dejémonos de aquellos pecados mortales que durante años, esencialmente los de infancia y adolescencia, creí que me llevaban a las calderas del terrible infierno.

            Un día cualquiera de los muchos que pasaba tomando una copa de más, unos amigos me invitaron a vivir un Cursillo de Cristiandad, una especie de Ejercicios Espirituales dado por laicos para laicos. Accedí a la invitación, y allí escuché verdades que jamás mis oídos habían percibido; creí aquello que me dijeron sobre un hombre nacido en Belén, Jesús, al que la Iglesia intentaba velar su mensaje presentando una sociedad jerárquica que, a modo de lechuga, ocultaba el cogollo mediante novenas, dogmas, miedos y golpes de pecho.

            Creí lo que me dijeron y viví, al menos lo intenté, aceleradamente el credo de Jesús cuyo contenido se encuentra en el llamado “Sermón de la Montaña”, y no el credo que se sigue pregonando por la Iglesia sobre un Dios todopoderoso y justiciero.

            Durante años recorrí pueblos de Málaga y ciudades de España, desde La Coruña a Almería, llevando la buena nueva del Amor, buena nueva que por cierto está por descubrir para algunos y por estrenar para otros.

            Hoy en día, aunque todo parece diluido, sé que llevo clavado el arpón del amor y la tolerancia, de la solidaridad y justicia, de la hermandad y la decencia, que en cualquier momento puede volver a hacer efecto; me refiero al arpón, o sea: a la buena nueva.

(Continuará)

           

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