domingo, 14 de septiembre de 2014

Venturas y desventuras de un escritor y poeta. La hija.



Sin lugar a duda lo más importante de nuestra relación matrimonial ha sido el nacimiento de Rosamary, ya saben: un milagro como digo con machacona insistencia. Ya ha pasado medio siglo del acontecimiento y sigue siendo la “niña”. La tenemos lejos de nosotros, pero nos acompaña en determinadas ocasiones.

            Bióloga ella, aunque ejerció de Profesora de EEMM, abandonó su trabajo para dedicarle su tiempo a la educación de sus hijas Elena y Carmen que, no es pasión de abuelo, pero son auténticas maravillas caídas del misterioso cielo.

            Como mi vida se ha desarrollado en diferentes campos de batallas, no he sabido disfrutar al cien por cien de sus años de infancia, adolescencia y juventud, por ello a veces me enfado conmigo mismo por semejante “crimen”, aunque tal vez esos “campos” a los que aludía han podido influir en su forma de ser… ¡y yo que sé!

            Lo único que sé es la quiero a rabiar, aunque en estos últimos tiempos al verme viejo y chocho ha tomado el rol de madre y me da consejos -no bebas, no fumes, anda más-, pero un servidor para mal mío: ni caso.

            Es la teoría de los tres telediarios, ya saben: disfruta al máximo lo que te queda. En cierta ocasión, cuando empezaba a hacer pinitos con la escritura, le dediqué un pequeño librito titulado: “Coplas a mi niña”.

            De ellas, mi preferida es la que transcribo en estas memorias de un desconocido. Dice así:

Le siseo “te-quie-ro”
en libro de lectura.
“Te-quie-ro”, repite ella.
Quintales de ternura.

(Continuará)



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