jueves, 11 de septiembre de 2014

Venturas y desventuras de un escritor y poeta. (Introducción)










Desde pequeño sentí un cierto placer por escribir; cualquier suceso que me ocurría lo trasladaba inmediatamente a un cuaderno de una raya. Era una necesidad para mí, algo así como si descargara mi pena o compartiera mi alegría con el mundo entero, pero una vez que plasmaba el hecho rompía lo escrito porque estimaba, creía, que lo importante era describir lo ocurrido.

            Si hubiese tenido la buena costumbre de guardar tantos y tantos cuadernos, en la actualidad lo pasaría bomba releyendo la pequeña paliza que un día recibí de mi madre por olvidárseme, a la edad de ocho años, ir a comer por quedarme embobado en el puerto de Melilla contemplando barcos y gaviotas, o aquellas lágrimas que brotaron de mis ojos porque otro día tuve que presentar el boletín de notas a mi padre con un suspenso en Matemáticas.

Llegué a ruborizarme por haber narrado mi primera experiencia sexsual, papel que rompí en mil trozos pequeñísimos por si las moscas caía en manos de alguien, en especial de mi madre.

            Los sermones que recibía sobre los pecados mortales y el infierno como consecuencia de ellos, fueron también descritos como auténticos cuentos de terror que durante años me acompañó, me refiero al terror que los Hermanos de la Salle incrustaron a sangre y fuego en la fragilidad de mi espíritu.

            Creo, sin ánimo de presumir, que tenía cierta habilidad para escribir, también narrar, los más insignificantes detalles que sacudían mi existencia; por lo menos a mí me gustaban, tal vez porque era el único lector.

            Lógicamente escribí cursis cartas de amor, pero la existencia va poco a poco limando lo extraordinario -la infancia y adolescencia- y convirtiendo en ordinaria la vida, ya saben: el trabajo, matrimonio, hijos y todo aquello que conforma lo que llamo el sistema, sistema que en sí no es algo malo, pero que va adocenando a las personas.

(De José García Pérez)

(Continuará)

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