lunes, 22 de septiembre de 2014

Por los mismísimos




El Gobierno Vasco del señor Urkullu se ha pasado la llamada Ley Wert por los “mismísimos”, expresión sé que machista al máximo, pero no tenga otra que responda mejor al desprecio que este gobernante tiene por España, cosa que me importa un rábano, pero que sí me preocupa para las futuras generaciones que se educarán en el olvido a España e ignoro sí en el odio a ella, pues para eso tendría que leer algunos textos del programa que la Consejería de Educación vasca va a poner en ejercicio en este y sucesivos cursos escolares.

            Esta es, al menos en lo concerniente a Educación, la nación sin ley; cada Comunidad Autónoma o Reino de Taifa hace lo que le da la real (somos una monarquía) gana y lo peor es que no existe posibilidad de marcha atrás.

            Es cierto que el bilingüismo bien llevado enriquece a toda la ciudadanía, pero mucho más a los que por nacimiento tienen la gran posibilidad de hablar dos lenguas, caso de Cataluña, País Vasco y Galicia; enhorabuena, a ellos.

            Cosa bien distinta es que por ser bilingües piensen tan sólo en una forma de ser y excluyan, mediante el adoctrinamiento, a otros ciudadanos que, por diversas circunstancias, vivan en esos territorios.

            Silenciar la Constitución Española, omitir los símbolos nacionales y, tal vez, presentar lo español como el demonio pinchaúvas que se come a niños y niñas que se sientan españoles es, de momento, una aberración educativa.

            Al final tengo la sensación que habrá que dar la razón a los que, desde siempre, argumentaron que las transferencias en educación a las Comunidades Autónomas, sin un perfecto control legal, no ficticio, podría convertirse en el servicio más funesto que la Administración Central podía hacer para que España se convirtiese en un puzzle de pueblos, regiones, nacionalidades y naciones que empobrecieran la visión general de la más antigua nación de la Unión Europea.

            Y lo malo no es eso, sino que el asuntillo tiene arreglo pues no existe posibilidad de poner en marcha la moviola, ya que cada vez que alguien insinúa algo no hay nadie capaz de quitarle el sambenito de “facha”.

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