miércoles, 13 de agosto de 2014

Romance

Con motivo de un recital poético celebrado en la Facultad de Derecho de Málaga pude comprobar, “a pie de obra”, la impresión que en los oyentes producían algunos poemas leídos; no me encontraba entre los poetas invitados, tan sólo acompañaba a un par de ellos, considerados amigos, además de poetas.

            Los asistentes podrían ser unos trescientos; los poetas invitados, seis en total, desplegaron lo mejor de su poesía intentando suscitar, creo yo, si no el entusiasmo de los futuros licenciados, si, al menos, su atención.

            Seamos sinceros, la verdad es que los asistentes, muy educadamente, atendían a la lectura de la batería de los vates con cierta frialdad. Allí se leyeron, según mi punto de vista, poemas que conforman el actual arco de las distintas tendencias poéticas: los hubo coloquiales, realistas, figurativos, imaginativos, con rima y sin ella, profundos, clónicos y un largo etcétera.

            La última en leer, una poeta no incluida en ninguna antología ni acaparadora de premios y recitales oficiales, leyó un hermoso romance que describía una injusticia de nuestra sociedad.

            Los populares y asonantados octosílabos fueron a posarse juntos a los estudiantes que, al finalizar la lectura de la poeta, puestos en pie, aplaudían con entusiasmo a la poeta… o al romance, vaya usted a saber.

            Aquello me hizo reflexionar sobre esa afirmación tan manoseada por poetas, críticos y eruditos de que la poesía no interesa o que la poesía no vende o que la poesía no se lee. Pensé que la realidad, podría ser, que la poesía que “se hace” y quieren que se lleve hoy sea la que no interese; que la poesía por la que apuesta el sanedrín poético de los eruditos aburra e incite, al posible lector de poesía, a cambiar los versos por cualquier best-seller que se nos ofrece en los escaparates de librerías.

            Y no es que uno apueste por el romance, ya que después de que el mago Federico García Lorca escribiese los suyos se puede llegar al más grande de los ridículos si se mete uno a escribir esos opíparos octosílabos; pero por lo que sí apuesto es que la poesía debe poseer el don de la musicalidad, pues donde no hay música no existe poesía.

            Y es que existen cantidad de filósofos metidos a poetas que hacen bostezar al más pintado o pintada.


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