sábado, 9 de agosto de 2014

Refrescante



            Tampoco se trata de atosigar al personal con política durante todo el mes de agosto, mes, por cierto, de impresionante canícula que soporto con total estoicismo y alguna cerveza de vez en cuando, pues ya saben que lo mío es el güisqui que quema algo del azúcar que nos sobra.

            Mis amigos y amigas habrán comprobado que mi ritmo de escritura sigue siendo el mismo a pesar de esta estación dedicada al laboreo de la vagancia, y es que ya no tengo edad para tostarme como un lagarto cualquiera, y más con el mandato médico de que ni un rayo de sol pueda taladrar mi blanca piel por si las moscas me estropeo más que estoy.

            Con una visita médica en Málaga prevista para mediados de agosto -que ya veremos si acudo o no a manos del galeno-, procuro pasarme la mañana en el viejo apartamento entre alguna lectura salpicada de reflexión y algún tecleo a la búsqueda de crear un nuevo poema, pero como esto de construir poesía no es como una churrería que dispara tejeringos, calentitos o churros a toda pastilla, pues se pasan los días sin dar con la tecla -nunca  mejor dicho y escrito- que nos hace tender a la divinidad, o se: a crear desde la nada, que eso es poesía.

            Después de intentarlo una y otra vez, paso a escribir mi “copo” diario de cada día que, créanme, aunque lleve más de 10.000 escritos no es tarea difícil, pues al fin y al cabo es un mero ejercicio al que uno está acostumbrado porque ya le he cogido el truquillo de llegar al final.

            Tras comer ligero en un lugar cercano al que voy con gorro incorporado ya que el peligro se encuentra instalado en la chorla, y disfrutar observando como mi nieta Elena engulle con exquisita parsimonia lo que le echen, me echo la siesta como una dulce ceremonia de fiesta de guardar y, a continuación, marcho a jugarme el honor con unos carrozas como yo para ver la forma de que no me ahorquen el maldito seis doble y sirva de cachondeo para los mangurrinos que así lo pretenden.

            Cuando las partidas se acaban el sol ya ha decaído, y entonces disfruto como un cosaco, que realmente no sé como lo hacen, cuando al quitarme el gorro una fría brisa me acaricia la cabeza; este es el instante diario de esa fugacidad a la que denominan felicidad.

            Ya de noche tomo algo en la terraza contemplando al pobre ficus que ha sido talado y voy contando, noche tras noche, sus nuevos brotes de vida; y poco más, tan sólo que voy dejando un día y otro el ponerme en contacto personal con una amiga virtual de Fb que está por este lugar “donde el viento silba nácar” para convertirnos en amigos reales.

            De mañana no pasa que le envíe un mensaje; perdona, pues, Mb.

           

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