sábado, 23 de agosto de 2014

La madre de la niña



Hoy es la onomástica de mi “pastora”, esa mujer con la que ya cumplí, hace años, la llamada boda de oro, uf.

            Hemos pasado del amor al cariño, y entre ambos conceptos la tolerancia y el respeto a la intimidad del otro han hecho posible seguir remando en la misma barca que, para no mentir, a veces pareció ir a pique.

            Tenía un amigo con el que la noche antes de morir pasé un buen rato en la Peña Malaguista de esa ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia, Málaga, hablando entre copillas y coplillas de lo divino y lo humano, y digo bien porque nos  encantaba conversar de lo primero mezclándolo con lo segundo.

            En un momento dado, no habíamos llegado al cuarto Tío Pepe, con la simpatía agitanada que poseía, me decía que él -un año mayor que yo- cuando se “acostaba” con su esposa cometía incesto porque, al mismo tiempo, lo hacía con su madre, hijas y hermanas ya que toda su vida se encerraba en la que eligió como compañera; y no le faltaba razón a mi amigo Alberto, ¡ ay Alberto, cuánto te quise!

            Un servidor dejó ya de cometer incestos hace años, bien por la edad bien por un maldito cáncer; pero tal castigo me ha llevado a observarla como mi nuevo cordón umbilical del que dependo y ella del mío.

            Y así, entrelazados pero sin nudos que nos impidan pensar por sí mismos vivimos la soledad acompañada con la alegría propia de saber que ella está ahí y yo aquí.

            Hay días que la observo con un cariño muy especial, pues en su rostro, marcado ya por surcos de la vida -l@s atontad@s le llaman arrugas- se encuentra toda nuestra existencia que, por cierto, ha sido muy bien laboreada y ha dado excelentes frutos pues, juntos, hemos asistido al último suspiro de nuestros padres, al advenimiento glorioso de nuestra hija, al milagro de nuestras nietas y, de aquí a nada, limpiaremos recíprocamente nuestros esfínteres que, hoy por hoy, todavía funcionan admirablemente.

            Yo la miro y ella me contempla y ya no hace falta hablar porque sabemos perfectamente lo que queremos uno del otro; nuestros gustos y aficiones son bien diferentes, pero nuestro deseo de respetarnos es exactamente el mismo.

            Puedo decir que he pasado de aquel amor quinceañero a un te quiero septuagenario, y en él me complazco.

            Un beso en la frente ha sido mi felicitación, aparte de algún objeto sin valor sentimental.


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