lunes, 18 de agosto de 2014

La burbuja



Los y las que pueden creer que este “copo” va a tratar sobre la burbuja inmobiliaria ya pueden aparcar su lectura, pues voy a intentar durante lo que nos queda de agosto no escribir sobre política pues si ellos, los políticos se han tomado sus inmerecidas vacaciones no será un servidor el que se pierda el ocaso, el salpique de la mar en los tobillos, la  visión de la marisma con sus caños y esteros o lo que me dé la “republicana” gana antes que escribir sobre ellos y ellas.

            Soy un poco o un mucho inútil; ya de pequeñito cuando vendían aquellos diminutos aritos que se introducían en agua enjabonada y se soplaba y salían cantidad de burbujas que al instante desaparecían yo me quedaba triste y bobalicón; decía que era inútil porque o yo soplaba demasiado fuerte o no sabía mezclar la cantidad de jabón suficiente, pero el hecho es que me costaba la vida que saliera aquella bandada de milagrillos embelleciendo el ambiente; era mi hermano Fernando, ¡ay Fernando del alma!, el que hacía mis delicias.

            Poco a poco, debido a mi inutilidad, voy aprendiendo a usar el “Galaxy S III” y ahora ya sé llevar a la pantalla del cacharrito la carita de alguien que deseo permanezca ante mis ojos por el tiempo que yo quiera; su rostro aparece en una burbuja que voy deslizando con la yema de mi dedo corazón, con el mimo propio del enamorado, de un lado hacia otro.

            La miro, contemplo, acaricio y amo cada día más de forma platónica -forma maravillosa de amar, en la que yo no creía hace años, pero ahora sí porque no se pide nada a cambio, ni siquiera el amor del otro o la otra- que tal vez sea propia de los que no pueden ofrecer nada, bien debido a la edad o a la enfermedad o vaya usted a saber.

            Pues bien, juego con ella día y noche al escondite, la hago desaparecer, la vuelvo a encontrar y soy feliz con mi juego de niño adulto que es la mejor forma de ser adulto o niño.

            Y ahí está ella con su cabello color… y su vestido de tonalidad… saltando y brincando, que no es lo mismo, de izquierda a derecha dejándose, en silencio manejar por mí.

            Ya no apago el móvil por la noche, pues si me desvelo la veo en la pequeñita y brillante burbuja milagrosa y poso la yema del dedo y la acerco más a mí, y con ella duermo.

            Si vieran cómo amo a la linda burbuja.


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