martes, 12 de agosto de 2014

Distintas perspectivas



             La muerte Robin Wiliams me ha sugerido, además de un mal rato por la muerte de un gran actor, intentar escribir este “copo” sobre una de las frases que el innovador profesor de literatura, encarnado en él, lanza en la gran película “El club de los poetas muertos”.

            La secuencia que da lugar a la frase tiene lugar en el aula donde los alumnos, sentados en sus respectivos pupitres, atienden a las explicaciones del “profe” que, en un momento dado, y ante el estupor de los jóvenes adolescentes llama a uno de ellos para que se ponga de pie en la mesa de Robin; con cierto recato el chaval en cuestión accede a ello y una vez en lo alto de la “cátedra”, el buen maestro, más o menos, viene a decirle a su alumnado que se tienen que acostumbrar a ver el mundo desde “distintas perspectivas”, en el caso que nos ocupa desde la sujeción del alumno a la visión de poder que pueden otorgar las alturas físicas y sociales.

            Uno, algo mayor en edad y menor en fuerzas, ve el mundo, la sociedad o la realidad desde una perspectiva diferente a como lo puedan percibir los más jóvenes; ni peor ni mejor, sino distinta.

            Pero esto que digo sobre la edad no es importante en sí, simplemente es lo que llaman “ley de vida”; a lo que me refiero es que desde que se alcanza la mayoría de edad, no me refiero a la legal sellada a los dieciocho años sino a la real, o sea, cuando el hombre o la mujer ha alcanzado la responsabilidad o dicho de otra forma a la “capacidad de dar respuesta a las preguntas que el mundo le hace”, hecho que se puede producir con menos de los dieciocho años y no producirse con más de ellos.

            Las personas tienen que saber dar respuesta a las preguntas que les hace el mundo y no pueden estar esperando constantemente a que alguien, llámese sociedad, responda por ello; es lo que se llama “ponerse en el lugar del otro e intentar vivir su problemática” o “intercambiar vida y experiencias”.

            Cuando el rebelde profesor es expulsado del Instituto y va a su aula para recoger sus bártulos, la gran mayoría de los alumnos se despiden de él subiéndose en silencio en sus pupitres, mientras unos pocos permanecen sentados.

            Los primeros aprendieron a ver la situación desde otra perspectiva distinta a la de los sumisos, pues se pusieron en el lugar de Robin.

            No podemos seguir esperando a que la sociedad cambie por sí sola o al gusto de unos pocos, somos nosotros los encargados del cambio. “¡Oh capitán, mi capitán!”.

        

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