lunes, 4 de agosto de 2014

Declaración de principios

             Cambio de lugar, pero sigo igual que hace dos días; vivir unas vacaciones es transmutar lo ordinario por lo desconocido, eso no me ocurre; es cierto que compro la prensa en un lugar distinto, pero dentro de cuarenta y ocho horas el quiosquero me parecerá el mismo que Alfonso el de Málaga; es cierto que el aroma del salitre inunda este viejo apartamento que se encuentra a cien metros del lugar donde el mar besa a la orilla, pero yo vivo de otros besos; aquí las sardinas son enormes de tamaño y en nada se parecen a las “manolitas” malagueñas, pero no es algo que me pirre; es verdad que un paseo al ocaso hacia Ayamonte es un hecho milagroso cuando la bajamar salpica mis tobillos, pero no lo es menos que divisar desde Gibralfaro la bahía de aquella ciudad que todo lo acoge y todo lo silencia es una auténtica hierofanía.

            Lo importante es que sigo escribiendo aquí y allí, que sueño en ambos lugares y que en los dos me siento un capitán pirata que desea robar la felicidad; pero el problema, uno de ellos, es que cuando la tuve la dejé escapar como la blanca arena que se deposita en mis manos, y en ambos ocasiones por desear poseerla.

            Ahora soy un pobre hombre dicen que de vacaciones que seguirá buscando un día y otro ese acontecimiento que obtenga de mí una sonrisa de felicidad, y no la burda carcajada que brota de un chiste fácil o de una broma pesada.

            Es por ello que cambiaré poco mi estrecho camino por la existencia y seguiré ensanchando mi tránsito por la vida; así soy y seré.

            Existe, eso sí, una gran diferencia; en el otro lugar duermo bajo un crucifijo instalado desde hace más de cincuenta años arriba de la cabecera de la cama. Aquí, el en lugar “donde el viento silba nácar”, son lindos muñecos de peluche los que me guardan noche tras noche y, algunos de ellos, duermen conmigo a diario.

            Cambiaré de barra para beber mis güisquis, pero aquella del Gran Vía permaneceré en mi mente y brindaré con Ignacio, El pollo, Manolo, Quique y demás amigos que saben saborear la amistad en sus múltiples facetas.

            Y poco más, seguiré buscando, cuando el sol se esconda, la gaviota roja que un día, pero fue eterno el día, se posó en una de mis sandalias.




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