domingo, 6 de julio de 2014

Una historia que pudo ser



          Saqué lápiz y cuaderno de la pequeña bolsa de playa y me dispuse a terminar el bordón de la seguidilla que comencé el día anterior. La idea la había perfilado en una blanca mañana de sol contemplando a un hermoso niño rubio jugar con su sombra: “De pronto llega Dios/ a media tarde/ como ladrón furtivo:/ la luz decae./ Me lo has robado todo/ hasta la sombra/ cuando paseo solo.

            -¿Tiene usted fuego?
            -Sí.

            El viento de poniente le impedía encender el winston; mientras lo conseguía, contemplé sus bellas piernas, mientras el resto del cuerpo estaba contorsionado alrededor del encendedor.

            -De dónde viene el viento?-, le pregunté.
            -De allí- señaló a poniente.
           -Observa, es muy fácil, te pones frente a poniente, tapas el mechero con la palma de la mano y ¡ras!- Encendió el cigarrillo, expelió el humo y me dio las gracias.
            -Repítelo y comprobarás que no falla; con cerillas siempre enciende, pero no tengo.
            -Bueno, en realidad lo del fuego ha sido un achaque, verá, es que  todos los días observo su paseo por la orilla, en ocasiones lo veo leer y otras, escribe. Tiene un paso cansino que invita a acompañarle o a sentarse con usted. No sé, me da la sensación que podríamos hablar, sin más, de sus cosas, de las mías, de sus escritos, no sé ¡hablar!, porque podemos estar un mes cruzándonos por la orilla y no conocernos, y creo que es una ocasión perdida ¿No le parece?-
            -Pues sí, ¿cómo te llamas? ¿nos tuteamos?
            -Mi nombre es Mar, tú te llamas José ¿verdad?
            -¿Cómo lo sabes?
            -El otro día paseabas con una señora, tu esposa, seguro, y te decía: “Pepe, fumas demasiado”, ¿qué estabas escribiendo?

            Le leí la seguidilla y expliqué su contenido. Escuchaba con atención

            -¿Tienes alguna más?
            -Sí, te la voy a leer a ver qué te parece: “En mis manos yo siento/ leves caricias,/ desde el mar me vienen/ de sol y brisa./ No me despierte nadie/ de este mi sueño/ de brisa, sol y madre”. Observa que en esta coplilla “mar” y “madre” tienen el mismo significado.
            -Muy bien, pero yo quiero creer que el “mar” a que te refieres soy yo, y lo deseo, lo creo.

            Me cogió las manos con la misma caricia de brisa y sol.
            -¿Te importa?
            Miré sus labios, estaban muy cercanos y parecían hablar. Nos besamos. Cuando llegó el ocaso subimos a la gran duna roja e hicimos el amor en la falda que da a la marisma.
            Caminamos abrazados por la orilla. La dejé en el primer chiringuito. Al día siguiente volví a la playa. Una chica se a acercó con un sobre.

            -De parte de Mar.
            -Gracias.

            Leí la nota: “Querido José: ayer fue mi último día de vacaciones. He estado seis veranos viéndote pasear, leer, fumar, escribir y jugar con tu perro. Ayer, aunque ya te conocía, decidí conocerte. Por favor, no me juzgues. Hasta el año que viene. Te amo,  Mar

            Han transcurrido más de veinte años de aquel encuentro sagrado. Jamás he vuelto a ver a Mar, pero su nombre permanece grabado en un viejo y oxidado bidón que se encuentra en la falda de la gran duna roja que domina toda la marisma.


           

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